El expediente de la organización de la final del Mundial 2030 entre España y Marruecos vive una situación de tira y afloja: mientras el país europeo insiste en que la copa debe levantarse en su territorio, Marruecos se presenta como la alternativa más idónea en cuanto a preparación, infraestructura y a la imagen que la FIFA quiere proyectar del torneo.
De fondo, una serie de sucesos racistas encadenados en los estadios españoles durante los últimos meses plantea una pregunta ética urgente: «¿Es apropiado conceder un partido que reúne a todas las razas y colores a un país cuyo expediente en la lucha contra el racismo sigue abierto de par en par?».
Marruecos aprovechó la organización de la Copa Africana de Naciones 2025 para ofrecer una imagen de estadios modernos, buena organización y un mensaje según el cual la histórica final del Mundial 2030 puede encontrar un hogar seguro y moderno en la ribera sur del Mediterráneo.
La lucha por la final
La FIFA decidió otorgar la organización del Mundial 2030 a una candidatura tripartita que incluye a España, Portugal y Marruecos, con la disputa de 3 partidos inaugurales simbólicos en Argentina, Uruguay y Paraguay, en conmemoración del centenario de la primera edición del Mundial.
Sin embargo, el punto más sensible de la candidatura sigue siendo la sede del partido final, que se ha convertido en el eje de una competencia soterrada entre Madrid y Rabat.
El presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, ha reiterado en más de una ocasión que España acogerá la final, al considerar que es "imposible" explicar que el partido no se otorgue a un país que ve como el más capacitado a nivel organizativo, y señalando que la final se disputará probablemente en el Santiago Bernabéu o en el Camp Nou tras su remodelación.
En contraste, Fouzi Lekjaa, presidente de la Federación Real Marroquí, expresó un claro deseo de que la final se celebre en el nuevo estadio de Casablanca (cuya capacidad se espera que alcance cerca de los 115.000 espectadores), en un mensaje que indica que Marruecos no se conforma con el papel de socio secundario en una candidatura histórica como esta.
Hasta el momento de la elaboración de este informe, la FIFA no había anunciado oficialmente la ciudad que albergará la final, limitándose a confirmar que la decisión suele tomarse aproximadamente dos años antes del inicio del torneo, lo que deja la puerta abierta a modificar el rumbo del debate en función de los acontecimientos futuros.
Vinicius Junior hace sonar la voz de alarma
Vinicius Junior no era simplemente un jugador que se quejaba de los silbidos, sino que se convirtió en un símbolo de un conflicto abierto contra el racismo en los estadios españoles desde el famoso incidente de Mestalla, que terminó con la primera sentencia judicial de prisión contra aficionados por insultos racistas en la historia del fútbol español.
El brasileño sufrió una serie de insultos en más de un estadio, hasta llegar a unas emotivas declaraciones en las que afirmó que sentía cada vez menos ganas de jugar al fútbol debido a la repetición de las ofensas sin un castigo disuasorio.
En una entrevista televisiva internacional que desató una tormenta de polémica, Vinicius dijo que España debería quedarse sin la organización del Mundial de 2030 si no logra un avance real en la lucha contra el racismo, subrayando que un jugador no puede sentirse seguro disputando los partidos en un país en el que podría ser objeto de insultos racistas por el color de su piel.
El partido entre España y Egipto: "quien no salte es un moro"
La mayor chispa de los últimos días surgió de un partido amistoso que se suponía debía ser una simple prueba táctica antes del Mundial: España contra Egipto en el estadio "RCDE" del Espanyol, en Barcelona.
No habían transcurrido los primeros minutos cuando resonaron en las gradas cánticos repetidos de parte de algunos aficionados: "El que no bote es musulmán", en una alteración de un conocido eslogan de los estadios españoles, pero que aquí apuntó contra la religión de un país rival, contra la mayoría de sus jugadores y aficionados, y contra todo musulmán sentado frente a la pantalla.
Los cánticos no fueron un incidente pasajero, ya que se repitieron en la primera parte y luego en momentos posteriores, lo que obligó a los organizadores del encuentro a difundir mensajes reiterados a través de la megafonía interna y de las pantallas del estadio, advirtiendo contra las expresiones racistas y recordando las leyes que penalizan el comportamiento racista dentro de las instalaciones deportivas, en medio de silbidos de desaprobación de una parte del público.
La policía catalana anunció de inmediato la apertura de una investigación por "cánticos islamófobos y xenófobos", mientras que la Real Federación Española de Fútbol condenó oficialmente lo ocurrido, subrayando que el odio y el racismo no tienen cabida en los estadios.
Yamal explota y Egipto condena
La escena no tuvo menor impacto en Lamine Yamal, estrella del Barcelona y de la selección de España, que tiene orígenes marroquíes y ecuatoguineanos y profesa el islam; pues varios informes revelaron su afectación psicológica por lo sucedido y su marcha al vestuario tras concluir su participación sin completar la ronda de saludo a la afición.
Yamal publicó un mensaje claro a través de sus cuentas en las redes sociales, en el que describió los cánticos como "ignorantes y racistas" e "irrespetuosos e inaceptables", aunque no fueran dirigidos a él personalmente, y subrayó que es "musulmán, gracias a Dios", y que burlarse de la religión refleja ignorancia y un discurso de odio con el que no se puede convivir.
La acumulación de la presión internacional llevó a la FIFA a abrir procedimientos disciplinarios contra la Federación Española por dichos cánticos, en un paso que confirma que el asunto ya no es una mera polémica mediática interna, sino un expediente oficial sobre la mesa de la máxima autoridad futbolística del mundo.
El Real Madrid y el Atlético repiten la escena: el fútbol bajo asedio
Apenas se había calmado la polémica en torno al partido entre España y Egipto, cuando aparecieron nuevos vídeos en las redes sociales que documentan cómo un grupo de aficionados del Real Madrid coreaba prácticamente el mismo cántico: "El que no salte es musulmán", en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu antes del encuentro del equipo frente al Bayern Múnich en los cuartos de final de la Liga de Campeones de Europa.
En esta ocasión, el asunto no estaba relacionado con un partido de una selección que se enfrenta a un país musulmán, sino con una conducta que se ha vuelto recurrente como una especie de "folclore" entre un sector de la afición, sin ser consciente de la magnitud del claro desprecio que conlleva hacia la religión de cientos de millones de personas en todo el mundo, entre ellas los propios jugadores de sus equipos.
Casi al mismo tiempo, varios informes pusieron el foco sobre el comportamiento de los aficionados del Atlético de Madrid hacia Lamine Yamal en el marco del partido de ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones, donde se registraron cánticos con connotaciones racistas y sectarias, entre ellos frases como "Vuelve a Marruecos" y "Vete a jugar con Marruecos", en una continuación de la politización de los orígenes del jugador y de su trasfondo religioso en las gradas del fútbol.
Estos hechos reforzaron la convicción de un amplio sector de los seguidores de que la batalla de Vinicius y Yamal contra el racismo no es una excepción individual, sino la expresión de un problema cultural más profundo que requiere una solución de raíz, y no meros comunicados de condena de temporada.
Y es aquí donde el asunto se torna más delicado: el problema ya no está ligado únicamente a gradas alejadas del escenario de la posible final, sino que llegó de nuevo a los alrededores del estadio que España quiere que acoja el partido más importante de la Copa del Mundo.
Omar Al Hilali: un testimonio desde el corazón de los estadios españoles
Dentro del mismo escenario, sobresale otra voz marroquí desde el corazón de LaLiga, Omar El Hilali, lateral del Espanyol y de la selección de Marruecos, quien también se encontró frente a múltiples caras del racismo.
El Hilali fue protagonista de un incidente en el que el árbitro detuvo un partido durante un tiempo tras su denuncia de haber sido objeto de un insulto racista por parte del delantero del Elche Rafa Mir, que incluyó una alusión ofensiva sobre sus orígenes inmigrantes, lo que motivó la activación del protocolo contra el racismo en LaLiga y la apertura de una investigación sobre el suceso.
El Hilali habló posteriormente en entrevistas periodísticas sobre su rechazo tajante a los cánticos contra los musulmanes en los estadios españoles, citando lo ocurrido en el partido entre España y Egipto, y señalando que es inaceptable burlarse de cualquier religión, del mismo modo que ningún cristiano aceptaría que se ridiculizara su credo en los estadios.
Estos testimonios de jugadores que pertenecen a entornos diferentes —un brasileño de piel oscura, un joven delantero de origen marroquí y un defensa marroquí que juega en Cataluña— dibujan juntos la imagen de una realidad que no puede negarse con facilidad: hay un problema recurrente en una parte de las gradas del fútbol español, relacionado con el racismo y el discurso de odio, que se refleja inevitablemente en la imagen del país mientras se prepara para acoger el mayor evento futbolístico del planeta.
Defensa española oficial, y una realidad sobre el terreno que contradice el relato
Ante estas críticas, figuras españolas destacadas se han esforzado por subrayar que el país no es racista, y que lo que ocurre no pasa de ser conductas de una minoría que no representa a la sociedad en su conjunto.
Jugadores como Dani Carvajal defendieron la imagen de España, señalando la existencia de protocolos avanzados contra el racismo en LaLiga, y que las instituciones deportivas y judiciales ya han comenzado a dictar sentencias contra los infractores, como sucedió en el caso de Vinicius en Mestalla.
Sin embargo, la reiteración de los incidentes en un breve período de tiempo, su expansión desde los estadios de los clubes hasta los partidos de la selección nacional, y luego las investigaciones policiales y la apertura por parte de la FIFA de un procedimiento disciplinario contra la Federación Española a causa de cánticos contra los musulmanes, hacen difícil reducir el asunto únicamente a la imagen de «algunos individuos indisciplinados».
El problema aquí no tiene que ver con si España es un país racista en su esencia, sino más bien con el mensaje que estos hechos acumulados envían a los jugadores y a las aficiones de distintos orígenes, y a los países socios en la propia candidatura del Mundial, encabezados por Marruecos.
Marruecos: preparación organizativa y un mensaje excelente
En la otra orilla, Marruecos aprovechó la organización de la Copa Africana de Naciones 2025 para ofrecer una demostración práctica de su capacidad organizativa, mediante el despliegue de nueve estadios impresionantes en seis ciudades principales, algunos de los cuales fueron renovados y otros construidos específicamente para el torneo, con énfasis en los estándares modernos en cuanto a césped, aforo y facilidad de acceso.
El estadio Príncipe Moulay Abdellah, en Rabat, que albergó el partido inaugural y la final, mostró la imagen de un estadio moderno destinado al fútbol, con un ambiente aficionado intenso, sin que el torneo registrara quejas por ningún tipo de racismo sistemático en las gradas.
El torneo también volvió a poner en valor el estadio Mohamed V, en Casablanca, y otros estadios históricos, tras obras de desarrollo que elevaron su capacidad y mejoraron sus instalaciones, en el marco de unos preparativos más amplios de cara a la candidatura conjunta del Mundial 2030.
Y pese al caos arbitral y a la polémica que acompañaron la final del torneo, y al hecho de que el propio presidente de la Federación Española lo aprovechara para atacar de forma implícita a la organización marroquí, el nivel de la infraestructura y de las instalaciones siguió siendo objeto de elogio por parte de numerosos observadores, y fue considerado un paso importante en el camino hacia la preparación del reino para acoger los grandes partidos del Mundial.
El indicador más relevante es que Marruecos se presenta, en su discurso oficial y popular, como un país diverso en lo religioso y lo cultural, que acoge la Copa del Mundo por primera vez en su historia y que busca aprovechar el evento para reforzar una imagen de convivencia y apertura, un discurso que sintoniza con fuerza con los mensajes explícitos de la FIFA sobre la tolerancia cero con el racismo y el discurso de odio.
¿Qué país merece más el honor de la final?
Aquí regresa la pregunta central: ¿tiene España más derecho que Marruecos a acoger la final del Mundial 2030?
En cuanto a la experiencia histórica y la organización de grandes torneos, no cabe duda de que España posee un largo historial acogiendo grandes eventos deportivos y una sólida infraestructura en ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla y otras. Sin embargo, la candidatura a la final no se mide únicamente por la infraestructura, sino también por la imagen y el mensaje que el fútbol mundial quiere transmitir en un momento en que miles de millones de personas se reúnen ante las pantallas.
La sucesión de incidentes racistas, desde los ataques a Vinicius en más de un estadio, hasta los cánticos contra los musulmanes en el partido entre España y Egipto, y luego la repetición del mismo lema en los alrededores del Santiago Bernabéu, además de las expresiones racistas dirigidas a Lamine Yamal y otros hechos, son todos elementos que debilitan el argumento de que España está plenamente preparada, desde el punto de vista ético, para acoger el partido más importante en la historia del torneo del centenario.
Por su parte, Marruecos se presenta como una opción capaz de combinar la preparación organizativa con el mensaje humano, al ser un país de mayoría musulmana que acogería por primera vez una final en la que habría un gran símbolo de reconocimiento de la diversidad religiosa y cultural dentro del fútbol mundial, informó Goal.