China está ganando peso como proveedor del mercado halal, un negocio global de varios billones de dólares. Su ventaja está en la escala, el coste y la velocidad de producción; su debilidad, en la certificación y la confianza del consumidor.
China quiere convertirse también en la gran fábrica del mundo musulmán. Después de dominar sectores como los paneles solares, la electrónica o el vehículo eléctrico, los fabricantes chinos están buscando una nueva vía de crecimiento en productos halal: alimentos, cosméticos, moda, medicamentos y otros bienes destinados a consumidores musulmanes.
La oportunidad es enorme. China exportó alrededor de 32.500 millones de dólares en productos relacionados con la economía halal a los 57 países de la Organización de Cooperación Islámica en 2023, convirtiéndose en su principal proveedor, por delante de India y Brasil.
China sabe fabricar barato y a gran escala. El reto ahora es fabricar confianza.
Los consumidores musulmanes gastaron aproximadamente 2,6 billones de dólares en 2024 en sectores como alimentación, moda, medicamentos, cosmética, medios y viajes. Las previsiones apuntan a que esa cifra podría alcanzar los 3,56 billones de dólares en 2029. Solo el mercado mundial de alimentación halal mueve alrededor de 1,53 billones de dólares, mientras que la moda modesta representa unos 347.000 millones de dólares.
Para los fabricantes chinos, golpeados por una demanda interna más débil y por nuevas barreras comerciales en Estados Unidos y Europa, estos mercados ofrecen una alternativa especialmente atractiva.
Yiwu muestra hasta dónde puede llegar China
La ciudad de Yiwu, uno de los grandes centros manufactureros y mayoristas chinos, ofrece una imagen clara de esta transformación. En sus mercados se pueden encontrar alfombras de oración, soportes para el Corán, ropa modesta, faroles para el Ramadán, decoraciones con forma de media luna y una creciente variedad de productos diseñados específicamente para consumidores musulmanes. Muchos pueden personalizarse, empaquetarse y venderse bajo marcas de terceros.
Ese modelo encaja perfectamente con una de las mayores fortalezas industriales de China: adaptar rápidamente fábricas existentes para producir enormes cantidades a bajo coste.
El concepto halal va mucho más allá de la carne sacrificada según los preceptos islámicos o de evitar productos que contengan cerdo y alcohol.
También afecta a cosméticos, medicamentos y suplementos, ya que determinados productos pueden incluir gelatina, grasas animales, alcohol u otros ingredientes cuyo origen resulta relevante para los consumidores practicantes.
Incluso la forma de almacenamiento y transporte puede importar si los productos entran en contacto con sustancias prohibidas.
Esto abre un mercado enorme para los fabricantes chinos, capaces de adaptar líneas de producción de cosméticos, alimentos procesados, medicamentos o ropa a las exigencias de los distintos países.
China tiene escala, pero no existe un único sello halal
China dispone de distintos organismos y estándares locales, pero carece de una norma nacional unificada que facilite el acceso simultáneo a todos los mercados. Los exportadores deben cumplir con reguladores, autoridades religiosas y certificadores diferentes en cada país.
Eso obliga a rastrear ingredientes a través de toda la cadena de suministro, separar determinadas líneas de producción, modificar procesos de limpieza y pagar auditorías diferentes para cada mercado.
Además, conseguir una certificación en un país no garantiza que esa misma acreditación tenga validez en otro.
Ser fabricante es más fácil que construir una marca
China puede tener una ventaja clara fabricando productos halal para compañías locales de Indonesia, Malasia, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos. Estas empresas conocen al consumidor y aportan la marca, mientras la fábrica china proporciona escala y costes competitivos.
El desafío es mucho mayor cuando una compañía china quiere vender directamente al consumidor. Un precio bajo puede conseguir un contrato con un distribuidor, pero no necesariamente genera confianza entre quienes compran el producto final.
Algunas compañías ya están realizando inversiones específicas. Fabricantes de cosméticos han tenido que eliminar ingredientes aromáticos con alcohol, separar líneas productivas y modificar repetidamente sus procesos de limpieza para cumplir con los requisitos de certificación.
Las grandes compañías pueden tener ventaja
El coste de cumplir con estas reglas puede terminar favoreciendo a los fabricantes de mayor tamaño.
Las compañías grandes pueden permitirse líneas de producción separadas, auditorías internacionales y los procedimientos administrativos necesarios para obtener certificaciones en varios países.
Las empresas pequeñas, en cambio, podrían permanecer fundamentalmente como proveedores anónimos para marcas locales.
De esta manera, la certificación halal puede convertirse en una auténtica barrera de entrada dentro de un mercado que, en principio, parece perfectamente adaptado a las fortalezas de la industria china.
Pekín intenta profundizar sus relaciones comerciales con países de mayoría musulmana al mismo tiempo que continúa recibiendo fuertes críticas internacionales por su política hacia los uigures y otras minorías musulmanas de Xinjiang.
China rechaza las acusaciones de abusos de derechos humanos y sostiene que sus políticas en la región estaban dirigidas a combatir el terrorismo y el extremismo.
La siguiente gran prueba de la maquinaria exportadora china
China ha demostrado repetidamente que puede dominar industrias donde los factores decisivos son escala, velocidad y precio. Aquí también cuentan la credibilidad religiosa, el conocimiento cultural, la trazabilidad de los ingredientes y la transparencia de toda la cadena de suministro.
Por eso el próximo gran éxito exportador chino podría no depender únicamente de fabricar mejor o más barato.
Podría depender de algo mucho más difícil de producir en masa: convencer al consumidor de que puede confiar en cómo se ha fabricado lo que come, utiliza o aplica sobre su piel, informa Bolsamania.