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Saturday 19 de September de 2026
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El mundo debe dejar de intentar «rescatar» a las mujeres musulmanas

El mundo debe dejar de intentar «rescatar» a las mujeres musulmanas

"La medida de nuestra libertad no reside en cuánto nos asemejamos a la imagen de liberación que otros tienen de nosotras.Tras siglos de explicarle a la mujer musulmana quién es ella misma, quienes pretenden rescatarla podrían intentar algo verdaderamente radical: escucharla.", escribió la escritora británica-tunecina y experta en política de Oriente Medio, Soumaya Ghannoushi.
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Tras siglos de explicarle a la mujer musulmana quién es ella misma, quienes pretenden rescatarla podrían intentar: escucharla.

Quizás no haya ninguna mujer en el discurso político contemporáneo que haya sido objeto de intentos de «rescate» tan incesantes como la mujer musulmana.

La imagen resulta familiar: la mujer musulmana —especialmente aquella que lleva hiyab— aparece como una víctima pasiva de la religión, la tradición, la familia y el patriarcado. Su vestimenta se interpreta como una prueba: una confesión visible de sometimiento, en lugar de una elección religiosa o personal.

Una mujer con minifalda puede estar tomando una decisión propia. Una mujer en bikini puede estar expresándose. Una mujer que se somete a cirugía estética o se tatúa el cuerpo está ejerciendo su autonomía corporal.

Sin embargo, basta con que una mujer se cubra el cabello con un pañuelo para que se produzca una transformación extraordinaria: al parecer, deja de tener voluntad propia. Alguien debe de haberla obligado a hacerlo.

Esta es una de las contradicciones peculiares que subyacen en ciertas ideas occidentales contemporáneas sobre la liberación de la mujer. Una mujer es dueña de su propio cuerpo, hasta que ejerce esa soberanía de formas que la sociedad liberal considera insuficientemente «liberadas». Es entonces cuando la intervención se vuelve necesaria.

En ningún lugar se ha manifestado esta contradicción de manera más dramática que en Francia, donde las restricciones a la vestimenta de las mujeres musulmanas se han presentado reiteradamente como actos de emancipación.

La laïcité (laicidad) francesa se entiende habitualmente como el principio que regula la relación entre religión y Estado. Sin embargo, en su vertiente contemporánea más militante, dicha neutralidad se asemeja cada vez más a una vigilancia de la visibilidad religiosa, cuyas consecuencias recaen en gran medida sobre las mujeres musulmanas.

Así llegamos al curioso espectáculo de gobiernos que «liberan» a las mujeres diciéndoles qué prendas no pueden vestir.

Una figura imaginaria

Durante siglos, las sociedades patriarcales se arrogaron la autoridad de regular los cuerpos de las mujeres en nombre de la moral. Hoy, los Estados regulan los cuerpos de las mujeres musulmanas en nombre de la libertad. El vocabulario ha cambiado; la pretensión de autoridad ha perdurado.

El problema de fondo es que todo el debate se basa en una figura imaginaria: la mujer musulmana. Ella no existe.

Existen mujeres musulmanas —cientos de millones de ellas— que viven en sociedades, clases sociales, sistemas políticos y contextos históricos radicalmente distintos. Una mujer en Kabul no es igual a una mujer en Yakarta. Una mujer en Teherán no es igual a una mujer en Estambul. Una campesina de la zona rural de Marruecos no es igual a una abogada en Londres.

Sin embargo, estas vidas tan diversas se reducen una y otra vez a una única fórmula explicativa: mujer musulmana, hiyab, opresión. La realidad es bastante menos cómoda.

Ha habido sociedades musulmanas en las que los gobiernos obligaron a las mujeres a cubrirse, y otras en las que las obligaron a descubrirse. Ha habido Estados que excluyeron a las mujeres de la educación y la vida pública en nombre de la religión, y Estados que las excluyeron de las universidades y del empleo por insistir en llevar vestimenta religiosa.

La historia resulta especialmente problemática para la narrativa simplista de la opresión.

Tomemos el caso de Irán. El uso obligatorio del hiyab en la República Islámica es bien conocido y criticado —con razón— por su carácter coercitivo. Se recuerda menos la historia anterior de imposición estatal para que las mujeres se descubrieran el rostro y el cabello bajo el mandato de Reza Shah; su política de 1936, conocida como 'Kashf-e hijab', prohibió el uso del velo tradicional y sometió a coacción estatal a aquellas mujeres que deseaban seguir cubriéndose.

Turquía impuso restricciones de gran alcance a las mujeres que llevaban pañuelo, especialmente a partir de 1997, cuando la prohibición comenzó a aplicarse con mucha mayor agresividad. A miles de ellas se les negó el acceso a la educación superior; se impidió la entrada a los campus universitarios y la participación en exámenes a las estudiantes que llevaban pañuelo, mientras que las mujeres dedicadas a la docencia y a otras profesiones del sector público se enfrentaban a suspensiones o despidos.

Túnez fue aún más lejos. Bajo los mandatos del presidente Habib Bourguiba y, posteriormente, de Zine El Abidine Ben Ali, el hiyab fue oficialmente denostado como una «vestimenta sectaria». La Circular 108 y otras medidas conexas se utilizaron para excluir a las mujeres que llevaban hiyab de las escuelas, las universidades y el empleo público.

Con Ben Ali, la campaña se intensificó: las mujeres sufrían acoso en las calles, eran citadas en comisarías, interrogadas y presionadas para que se quitaran el velo; todo ello en nombre del laicismo, la modernidad y la emancipación de la mujer.

Estereotipos occidentales

Para las mujeres que vivían tales circunstancias, llevar el hiyab podía adquirir un significado casi exactamente opuesto al que le atribuían los estereotipos occidentales: un acto de desafío, algo reivindicado en lugar de impuesto; una negativa a permitir que el Estado dictara las condiciones bajo las cuales una mujer podía estudiar, trabajar o participar en la vida pública.

Calificar a una mujer así de prisionera pasiva de la tradición no solo ofrece una descripción errónea de su realidad, sino que invierte el sentido de su historia.

Si la narrativa convencional sobre la modernización fuera correcta, la educación, la urbanización y el desarrollo económico deberían haber hecho desaparecer gradualmente el hiyab. Sin embargo, las sociedades musulmanas modernas han dado lugar a una realidad mucho más compleja.

Si recorres El Cairo, Estambul, Argel, Amán, Kuala Lumpur o cualquier otra gran ciudad musulmana, te encontrarás con mujeres que desafían las categorías rígidas heredadas de un imaginario orientalista ya superado: la estudiante de medicina, arquitecta, periodista, ingeniera, académica o emprendedora que lleva hiyab.

Es posible incluso ver a una madre y a una hija caminando juntas: la madre vestida de forma tradicional y con la cabeza descubierta; la hija, con estudios universitarios y luciendo hiyab. ¿Cuál de las dos es moderna?

La pregunta empieza a parecer bastante absurda. Resulta que la modernidad es caótica.

La educación no disuelve necesariamente la identidad religiosa. La urbanización no conlleva automáticamente la secularización. La independencia económica no garantiza que las mujeres se vistan conforme a las expectativas del liberalismo europeo.

De hecho, para algunas mujeres, una mayor educación e independencia puede brindarles más libertad —y no menos— para adoptar prácticas religiosas de manera consciente.

Nada de esto obliga a idealizar el hiyab. Algunas mujeres lo llevan porque sus familias o sociedades esperan que lo hagan. Otras lo llevan por una profunda convicción religiosa: como reflejo de modestia, identidad o privacidad, o bien como un acto personal de fe. Para algunas, es simplemente una elección de vestimenta que no requiere teoría política, explicación sociológica ni defensa alguna.

En última instancia, es un asunto que concierne a la mujer. No tiene por qué presentar un informe explicativo al mundo.

Estructuras de poder

Por tanto, la postura intelectualmente seria no consiste ni en declarar que el hiyab es intrínsecamente liberador ni en afirmar que es intrínsecamente opresivo. Su significado depende de la mujer, de las circunstancias y de las estructuras de poder que la rodean.

Una misma prenda puede ser impuesta a una mujer y prohibida a otra; puede ser asumida sin cuestionamientos por una y adoptada tras una profunda reflexión por otra.

Insistir en que todas estas experiencias significan lo mismo no es análisis; es la tiranía de la categoría. Y una vez que se encasilla a la mujer musulmana en la categoría conceptual de «oprimida», la realidad misma pierde su capacidad de contradecir la teoría. Sus decisiones dejan de ser pruebas de lo que ella desea para convertirse en síntomas de lo que supuestamente se le ha hecho.

El estereotipo se vuelve irrefutable: una prisión construida para ella por la imaginación ajena. Este estereotipo se pone especialmente a prueba cuando se confronta con la realidad de las mujeres musulmanas que viven en democracias occidentales.

Las universidades de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y otros lugares están llenas de mujeres musulmanas que llevan hiyab. Se convierten en médicas, investigadoras, docentes, ingenieras, periodistas, abogadas, académicas, emprendedoras e incluso políticas.

Hablan los idiomas de los países donde nacieron, se desenvuelven en sus instituciones, conocen sus derechos legales, debaten sobre política, obtienen títulos y eligen carreras. Sin embargo, de vez en cuando se nos invita a imaginar que un pañuelo en la cabeza ha suspendido, de algún modo, el funcionamiento de su intelecto.

Algunas, sin duda, se enfrentan a presiones familiares. Las familias musulmanas, al igual que cualquier otro tipo de familia, son capaces de ejercer control y coerción.

Pero asumir que una mujer adulta y formada debe estar actuando en secreto bajo las órdenes de un hombre, simplemente porque sus decisiones religiosas desconciertan a un observador laico, no es feminismo. Es paternalismo disfrazado de feminismo. Y, a veces, la realidad funciona casi exactamente a la inversa.

Algunas jóvenes musulmanas adoptan el hiyab a pesar de la oposición de sus padres, a quienes les preocupa que esto exponga a sus hijas a la discriminación o haga que su identidad musulmana resulte demasiado evidente.

Consideremos el desafío que esta mujer plantea a la narrativa convencional de la liberación. Su padre preferiría que no lo llevara; ella insiste en llevarlo; la sociedad que la rodea la presiona para que se lo quite; y luego esa misma sociedad explica que lo lleva porque su padre la presionó para hacerlo.

Llega un momento en que la contradicción resulta casi cómica.

Dominación colonial

La fantasía de rescatar a las mujeres musulmanas tiene una larga historia. El poder colonial solía justificarse mediante el discurso de la civilización: las sociedades colonizadas eran atrasadas, sus hombres bárbaros y sus mujeres estaban oprimidas; por tanto, la intervención imperial podía presentarse como un rescate moral en lugar de una mera dominación.

El colonizador te conquistaba por tu propio bien y, convenientemente, se mostraba especialmente preocupado por tus mujeres.

Esa estructura de pensamiento no desapareció con el colapso del imperio. Persiste siempre que se transforma a las mujeres musulmanas de sujetos políticos en objetos sobre los que deben imponerse los valores «ilustrados» de otra persona.

El antiguo administrador colonial proclamaba que las mujeres nativas necesitaban civilización. El político moderno proclama que las mujeres musulmanas necesitan liberación. Ambos están extraordinariamente convencidos de saber cómo debe ser la libertad, y ambos se muestran extrañamente impacientes cuando las mujeres a las que pretenden emancipar les responden.

Por eso, la retórica en torno a la vestimenta de las mujeres musulmanas suele destilar un aire de condescendencia.

Si ella afirma estar oprimida, es que ha descubierto su voz auténtica. Si afirma no estarlo, es que ha interiorizado su opresión.

Si se quita el hiyab, se ha liberado. Si decide llevarlo, ha sido adoctrinada.

La mujer musulmana es libre de elegir lo que quiera, siempre y cuando elija correctamente.

Una contradicción inherente

Nada de esto implica negar las injusticias muy reales que sufren las mujeres en muchas sociedades musulmanas. Estas injusticias existen y, a veces, son brutales.

Pero el contexto importa. Muchas sociedades del mundo musulmán han padecido guerras, ocupaciones, autoritarismo, conflictos civiles, colapsos económicos, pobreza e inestabilidad política. Poblaciones enteras sufren estas situaciones, aunque las mujeres y los niños suelen soportar una carga especialmente pesada.

Aislar a las mujeres de estas realidades políticas, económicas e históricas más amplias, y explicar todo lo que les sucede a través del islam, el patriarcado o el velo, no es señal de sofisticación; es reduccionismo.

Y de ese reduccionismo surge la misma figura imaginaria con la que empezamos: la mujer musulmana.

Tal mujer no existe. Existen mujeres musulmanas.

Sin embargo, el discurso que pretende liberarlas comienza por despojarlas de su individualidad. Un discurso supuestamente preocupado por sus voces empieza por hablar por encima de ellas. Un discurso que proclama su capacidad de agencia se niega a creerles cuando la ejercen de maneras no aprobadas.

Esa es la contradicción en el núcleo de la narrativa de rescate. Una mujer musulmana no es una niña ni una menor que requiera de un tutor ilustrado para guiarla hacia el paraíso prometido de la liberación.

La medida de la libertad de las mujeres musulmanas no reside en cuánto se asemejan a la imagen de liberación que otros tienen. Reside en si son reconocidas como seres humanos plenos: sujetos diversos, complejos y pensantes, capaces de creer y dudar, de conformarse y rebelarse y, sobre todo, de tomar sus propias decisiones.

Quizás, tras siglos de explicarle a la mujer musulmana quién es ella misma, quienes pretenden rescatarla podrían intentar algo verdaderamente radical: escucharla.

Nota escrita por la escritora británica-tunecina y experta en política de Oriente Medio, Soumaya Ghannoushi y publicada en inglés por el sitio Middle East Eye.

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