Las reacciones han ido desde la ira y el miedo hasta la esperanza y la aceptación, reflejando la creciente inquietud de los japoneses por la inmigración y los cambios sociales. Todo ello ocurre mientras Japón lidia con una escasez de mano de obra causada por el envejecimiento de la población y la caída demográfica.
Aunque la inmigración sigue siendo un tema políticamente sensible y sujeto a restricciones, Japón depende cada vez más de los trabajadores extranjeros para cubrir vacantes laborales. Esto ha traído consigo una creciente llegada de inmigrantes con distintas culturas, idiomas, religiones y formas de vida.
A principios de este año, estallaron manifestaciones en contra de la construcción de una mezquita, saliendo manifestantes a las calles para protestar contra el proyecto.
Algunos decían que una mezquita mucho más grande que el santuario sintoísta japonés que está cerca es una falta de respeto.También se han reportado casos de discursos de odio y desinformación que se difunden en las redes sociales japonesas.
Medios locales afirman que las mezquitas han estado recibiendo llamadas y correos electrónicos ofensivos, algunos de los cuales han llevado a grupos contrarios a las expresiones de odio a organizar contramanifestaciones llamando a evitar la violencia.
Hiroki Suzuka, propietario de una cafetería situada frente a la calle donde se construirá la mezquita de Fujisawa, hace un llamado a mayor comprensión y diálogo.
"No me opongo especialmente, pero tampoco diría que estoy totalmente a favor", dijo Suzuka.
"Creo que el primer paso es aprender sobre ellos: qué es el Islam, qué tipo de personas son y qué valores y perspectivas tienen. Debemos comenzar con tener una mente abierta y el deseo de comprendernos mutuamente", agregó.
Japón se enfrenta a una lucha por definir su identidad ante los enormes cambios demográficos en el país.
Según Hirofumi Tanada, profesor emérito de la Universidad de Waseda que estudia la fe musulmana en Japón, a finales de 2024 la cifra de musulmanes en Japón –incluyendo a los residentes extranjeros y a los creyentes japoneses– ascendía a a 420.000 frente a los 230.000 de 2019.
El creciente número de musulmanes en el país también refleja una tendencia nacional más amplia.
La población extranjera residente –procedente principalmente de China, Vietnam, Corea del Sur y Filipinas– superó los cuatro millones en 2025. Según datos del gobierno, un número récord de 2,57 millones de ellos trabajan en Japón. En ese mismo año, la población de Japón disminuyó en casi un millón de personas.
Durante años, las autoridades japonesas han evitado describir al país como una nación de inmigración, aunque han impulsado visados considerados más temporales que permanentes. Los críticos describen esta política como un sistema de inmigración "encubierto".
Pero incluso así, la primera ministra Sanae Takaichi ha adoptado una postura sumamente conservadora contraria a la inmigración a gran escala. En junio de 2026, el gobierno japonés decidió quintuplicar las tasas de los visados para extranjeros, después de no haberlas aumentado en casi 50 años.
Ahora, el gobierno planea aumentar el personal de la Agencia de Servicios de Inmigración en 230 personas, con el objetivo de reforzar la vigilancia de los extranjeros que permanecen ilegales en el país. Las autoridades también podrían establecer un límite para controlar el número de residentes extranjeros.
A medida que las comunidades inmigrantes se hacen más visibles, el país se ve obligado a afrontar una pregunta que ha intentado evitar durante mucho tiempo: ¿Puede Japón convertirse en un país más diverso sin renunciar al sentido de identidad y cohesión que tanto valora?, informa la BBC.