Tras regresar de una visita oficial a Dubái, el presidente surcoreano Lee Jae-myung volvió con una firme convicción: el sector halal coreano tenía un problema de confianza y el Estado debía intervenir.
Al mes siguiente, el presidente encargó al Ministerio de Seguridad Alimentaria la creación de un sistema de certificación halal gestionado por el gobierno, algo que hasta entonces no existía en Corea.
El razonamiento era sencillo: actualmente, la certificación corre a cargo exclusivamente de entidades privadas —seis en total—, y Seúl consideraba que un sello respaldado por el Estado generaría mayor confianza entre los consumidores musulmanes.
Una fábrica en Incheon, etiquetas halal y carne de cerdo
Hace unos años, las cámaras de la cadena regional KNN entraron en una planta de procesamiento de carne en Incheon. Las líneas de envasado estaban en funcionamiento y la palabra "halal" aparecía claramente visible en los paquetes. Estos productos estaban destinados a consumidores musulmanes practicantes, precisamente el colectivo más exigente a la hora de elegir lo que compra.
El problema era que nada de aquello era halal. La empresa compraba carne convencional y simplemente cambiaba el envase. Peor aún: en las mismas instalaciones se procesaba carne de cerdo, un alimento estrictamente prohibido para los musulmanes. Una conversación grabada en el lugar se hizo famosa por su franqueza: un investigador preguntó a un empleado qué estaba preparando. La respuesta: cortezas de cerdo.
Una segunda fábrica, situada en Ansan (provincia de Gyeonggi), también producía artículos "halal" que no lo eran en absoluto. Según un informe emitido por TV Chosun, entre ambas empresas vendieron productos por valor de 3.600 millones de wones —aproximadamente 2,3 millones de euros— a mezquitas y restaurantes especializados de todo el país a lo largo de un periodo de cinco años, según informó K-Sélection.