Tel Aviv está construyendo una barrera de 23 kilómetros sobre la Línea Amarilla, una separación temporal tras el "alto el fuego" firmado hace nueve meses. Analistas advierten que podría consolidar una anexión de facto, como en Cisjordania ocupada.
A lo largo de barreras de tierra, las fuerzas israelíes han apostado francotiradores que, según las familias palestinas, abren fuego contra ellos.
En medio del paisaje gris y devastado en el que se ha convertido Gaza, el único destello de color es un bloque de hormigón amarillo que parece fuera de lugar. Es una de las decenas de señales instaladas a lo largo del enclave que marcan la llamada "Línea Amarilla", que, según el Ejército de Israel, indica hasta dónde pueden avanzar los palestinos antes de arriesgarse a ser abatidos.
Sin embargo, esa línea nunca permanece en el mismo sitio. Las fuerzas israelíes disparan contra palestinos a ambos lados de ella y, a medida que amplían su ocupación sobre el terreno, desplazan los marcadores cada vez más hacia el interior de Gaza. Con cada avance, el territorio palestino se reduce un poco más.
Tras el bloque amarillo, más allá de los escombros de edificios derrumbados y del acero retorcido de lo que un día fueron viviendas, un largo terraplén de tierra corta ahora el horizonte. Recién levantado y más alto que cualquier otra estructura que permanezca en pie a kilómetros de distancia, se ha convertido en el nuevo límite visible del paisaje.
Hace apenas un año no existía. Montañas de arena y tierra acumuladas por excavadoras señalan hoy el final de la denominada "zona de amortiguamiento" y el inicio de lo que, al menos en teoría, sigue siendo Gaza bajo control palestino.
Al oeste del terraplén de tierra que ahora divide Gaza, más de dos millones de personas sobreviven hacinadas en campamentos de tiendas de campaña, alejadas de las tierras en las que muchas vivían antes de la ofensiva israelí.
Al otro lado, hacia el este, solo quedan calles arrasadas, barrios completamente destruidos y bases militares israelíes levantadas sobre las ruinas de localidades como Bani Suheila y Rafah. A ello se suman nuevas carreteras abiertas sobre lo que antes eran tierras agrícolas.
"Ninguna tienda nos protege de las balas, ninguna casa… No hay nada que nos proteja", cuenta a TRT World Umm Salim Al-Ashqar, madre de Salim.
"Todos los días disparan desde el terraplén. Dormimos aterrorizados. Reúno a mis hijas y nos refugiamos en la habitación del lado este para intentar mantenernos lo más lejos posible de la línea", explica.
"Los israelíes disparan contra nosotros, contra las tiendas y contra la casa. Esperamos que las balas nos alcancen en cualquier momento. Incluso antes de que Salim fuera asesinado, los proyectiles ya habían impactado en las paredes de nuestra vivienda", añade.
Desde octubre, la denominada Línea Amarilla pasó de abarcar aproximadamente la mitad de Gaza a cubrir cerca del 65% del territorio en junio, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Paralelamente, se han levantado más de 23 kilómetros de terraplenes de tierra a lo largo de esa franja.
En un tramo cercano a Rafah, una de estas barreras pasó de medir 500 metros a 2,4 kilómetros en apenas dos semanas. Además, cerca de un tercio de los más de 1.160 palestinos muertos desde la entrada en vigor del llamado alto el fuego perdieron la vida en las inmediaciones de esta línea, que continúa avanzando.
Con una extensión de unos 700 kilómetros, la barrera ha deteriorado la vida social, la actividad económica y el acceso a servicios básicos. Miles de palestinos viven en comunidades que quedaron atrapadas entre la barrera y la Línea de Armisticio de 1949, conocida como la Línea Verde.
En 2004, la Corte Internacional de Justicia dictaminó que el trazado de la barrera violaba el derecho internacional. Sin embargo, ese fallo no alteró la realidad sobre el terreno.
Lo que inicialmente fue presentado como una medida de emergencia terminó convirtiéndose, tras años de construcción y expansión, en un elemento permanente del paisaje.
Los terraplenes que hoy se levantan en Gaza parecen seguir ese mismo patrón: fueron construidos con rapidez, justificados como infraestructura de seguridad y, una vez consolidados sobre el terreno, resultan extremadamente difíciles de revertir.
A lo largo de estas nuevas barreras de tierra, las fuerzas israelíes han desplegado francotiradores que, según denuncian las familias que viven en las inmediaciones, disparan directamente contra tiendas de campaña y viviendas. En el cielo, drones cuadricópteros sobrevuelan la zona de forma casi permanente.
"Nuestros hijos se despiertan por la noche sin entender qué está ocurriendo, sobresaltados por el sonido de los disparos y de la artillería", relata Ali.
"Estamos sufriendo enormemente. Incluso ahora, si sales y miras hasta donde alcanza la vista, solo verás estos terraplenes de tierra, cada vez más altos, extendiéndose a lo largo de toda la línea oriental", concluye.
Según el derecho internacional humanitario, una ocupación militar debe ser una situación temporal: una administración provisional de un territorio hasta su devolución.
La opinión consultiva emitida por la Corte Internacional de Justicia en julio de 2024 fue más lejos que cualquier pronunciamiento anterior al concluir que la ocupación israelí del territorio palestino es, en sí misma, ilegal. Además, instó a los Estados a abstenerse de prestar ayuda o asistencia que contribuya a mantener esa ocupación.
En ese contexto, una barrera construida para perdurar más allá de un alto el fuego, que ya atraviesa más de la mitad de Gaza y separa a más de dos millones de palestinos de tierras que Israel sigue ocupando, constituye un paso hacia una anexión de facto considerada ilegal por el derecho internacional, informó TRT.