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Thursday 11 de June de 2026
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Maslama al-Mayriti: el primer madrileño verdaderamente universal hoy es un desconocido para la gente

Maslama al-Mayriti: el primer madrileño verdaderamente universal hoy es un desconocido para la gente

¿cómo es posible que uno de los científicos más importantes del al-Ándalus medieval, uno de los astrónomos más prestigiosos de su tiempo y probablemente el primer madrileño verdaderamente universal sea hoy un desconocido para la mayoría de la gente?
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Thursday 11 de Jun.
Madrid medieval

Maslama al-Mayriti, astrónomo, matemático, astrólogo y estudioso del universo, acabaría convirtiéndose en una figura conocida en todo el mundo islámico.

Cuando se imagina al primer madrileño ilustre de la historia, quizá se piense en un rey, en un conquistador o en algún escritor del Siglo de Oro. Tal vez se imagina a uno de esos personajes solemnes asociados al Madrid monumental: capas de terciopelo, pasillos del Alcázar y discusiones políticas entre muros oscuros.

Pero la realidad es bastante más inesperada. Porque el primer gran nombre de la historia de Madrid no fue un guerrero ni un aristócrata. Fue un sabio musulmán.

Un hombre nacido hace más de mil años en el pequeño Mayrit andalusí, cuando Madrid apenas era una fortaleza junto al Manzanares levantada para vigilar la frontera norte del emirato de Córdoba. Astrónomo, matemático, astrólogo y estudioso del universo, acabaría convirtiéndose en una figura conocida en todo el mundo islámico.

Mientras buena parte de la Europa cristiana atravesaba siglos convulsos y fragmentados, él observaba el cielo desde Córdoba, corregía tablas astronómicas, estudiaba matemáticas y ayudaba a transmitir conocimientos que terminarían influyendo en la ciencia europea medieval.

Y todo eso partiendo de una ciudad que entonces apenas era un pequeño enclave fronterizo.

Aun así, aquel madrileño nacido en una villa diminuta llegó a convertirse en uno de los intelectuales más prestigiosos de al-Ándalus.

Hoy, sin embargo, casi nadie recuerda su nombre: Maslama al-Mayriti.

La historia de Maslama al-Mayriti comienza, paradójicamente, entre silencios.

Sabemos muy poco sobre su infancia. No conservamos retratos, recuerdos personales ni escenas cotidianas que nos permitan reconstruir cómo fueron aquellos primeros años en el pequeño Mayrit del siglo X. Nadie dejó escrito cómo era su voz, qué soñaba de niño o qué sintió la primera vez que levantó la vista hacia el cielo nocturno desde las murallas de la ciudad.

Y, aun así, su figura sigue resultando fascinante.

Su nombre completo era Abu-l-Qasim Maslama ibn Ahmad al-Faradi al-Hasib al-Qurtubi al-Mayriti. Un nombre largo incluso para la época, cargado de referencias familiares, intelectuales y geográficas. Pero entre todas ellas hay una especialmente importante: al-Mayriti, ‘el madrileño’.

Ese detalle dice mucho más de lo que parece. En el mundo islámico medieval era habitual identificar a las personas por su lugar de origen, y el hecho de que Maslama utilizara el nombre de Mayrit como parte de su identidad demuestra que aquella pequeña ciudad fronteriza ya formaba parte de su carta de presentación ante el mundo culto andalusí.

Y es que, antes de convertirse en capital de un imperio, en ciudad de reyes, ministerios, cafés literarios y atascos interminables a las ocho de la mañana, Madrid fue algo muy distinto.

La fundación de Mayrit suele situarse entre los años 852 y 886, durante el emirato de Muhammad I, el gobernante que impulsó una red defensiva destinada a proteger la frontera media de al-Ándalus.

Mayrit formaba parte de ese sistema, por eso su ubicación era tan importante. Desde sus alturas se controlaban los caminos cercanos al Manzanares y se protegía el acceso hacia Toledo, una de las ciudades estratégicas del emirato.

Probablemente Maslama nació a mediados del siglo X, en una época en la que Mayrit seguía siendo un enclave relativamente pequeño dentro del sistema defensivo del Califato de Córdoba.

No parecía, precisamente, el lugar destinado a producir a uno de los científicos más prestigiosos de al-Ándalus, pero las ciudades pequeñas también pueden dar lugar a grandes miradas.

Hay algo casi poético en imaginar a aquel niño creciendo en una fortaleza situada en los márgenes del gran mundo andalusí mientras, sobre él, cruzaban las mismas estrellas que observaban los astrónomos de Bagdad, Damasco o Córdoba.

El cielo de Mayrit debió de ser espectacular. Sin contaminación lumínica, sin ruido urbano, sin edificios elevándose sobre el horizonte… tan solo oscuridad, silencio y estrellas. Miles de estrellas.

Resulta difícil no imaginar al joven Maslama observándolas desde algún punto cercano a la muralla, en noches frías y despejadas sobre la frontera andalusí. No podemos demostrar que fuera así, claro, pero cuesta resistirse a pensar que parte de su fascinación por la astronomía nació precisamente allí, bajo aquel cielo madrileño todavía salvaje.

Lo que sí sabemos es que muy pronto destacó por su inteligencia y terminó viajando a Córdoba para completar su formación junto a algunos de los grandes maestros de su tiempo.

Y mientras el prestigio de Maslama crecía en la capital del Califato, el nombre de Madrid empezaba a viajar con él… mil años antes de que la ciudad soñara siquiera con convertirse en capital de España.

En algún momento de la segunda mitad del siglo X, Maslama abandonó Mayrit.

No sabemos exactamente cuándo ocurrió. Tampoco cómo fue aquel viaje ni quién lo acompañó. Pero sí sabemos que para un joven nacido en una pequeña fortaleza fronteriza, trasladarse a Córdoba significaba entrar en otro mundo.

Y probablemente nunca mejor dicho. Entre Mayrit y Córdoba no solo había cientos de kilómetros de distancia… también existía una enorme diferencia de escala, de ambiente y de horizonte intelectual.

Mayrit seguía siendo una ciudad pequeña, militar y periférica. Córdoba, en cambio, era el corazón político y cultural del Califato. Una ciudad repleta de mercados, jardines, mezquitas, talleres, bibliotecas y calles iluminadas por las que circulaban comerciantes, poetas, médicos, astrónomos, filósofos y traductores llegados de distintos rincones del mundo islámico.

No era solo una ciudad rica, era sobre todo una ciudad culta.

El conocimiento se había convertido en una herramienta de prestigio político y también en una demostración de poder. Los califas omeyas entendieron muy pronto que gobernar significaba también atraer sabios, reunir libros y convertir Córdoba en un centro intelectual comparable a Bagdad o El Cairo.

La ciudad funcionaba como un enorme organismo intelectual en el que las ideas viajaban constantemente entre Oriente y Occidente. Un lugar donde el conocimiento circulaba con una intensidad difícil de imaginar hoy para una ciudad medieval.

Era, en cierto modo, la internet del siglo X… solo que en vez de fibra óptica había caravanas, barcos, pergaminos y mulas cargadas de manuscritos atravesando desiertos y puertos mediterráneos.

Aquel viaje debió de cambiar la vida de Maslama. Es fácil imaginar la impresión que causaría en un muchacho procedente de la frontera encontrarse de pronto con una de las ciudades más impresionantes del planeta.

En cierto sentido, hizo el mismo viaje que tantos jóvenes ambiciosos han repetido a lo largo de la historia: abandonar una ciudad pequeña para buscar conocimiento, oportunidades y prestigio en una gran capital. Solo que en la Córdoba califal del año mil no cualquiera lograba abrirse camino.

Los documentos conservados indican que Maslama estudió con algunos de los especialistas más prestigiosos de su tiempo. Aprendió geometría, aritmética y astrología junto a Abu Bakr ibn Isa al-Ansari, a quien el propio Maslama describía como un sabio excepcional en las ciencias matemáticas.

Además, uno de sus maestros fue Abd al-Gafir ibn Muhammad al-Faradi, experto en cálculos relacionados con la partición de herencias, una compleja disciplina matemática dentro del derecho islámico.

Y es que aquellos estudios no eran abstractos ni inútiles. Las matemáticas servían para calcular impuestos, medir tierras, orientar edificios, organizar calendarios o interpretar observaciones astronómicas. Ciencia, religión, administración y vida cotidiana estaban mucho más conectadas de lo que solemos imaginar.

En ese contexto, Maslama destacó rápidamente, hasta el punto de que las fuentes árabes llegaron a considerarlo el mejor matemático y astrónomo de al-Ándalus de su tiempo. No hablamos, por tanto, de un estudioso menor ni de un personaje anecdótico, sino de uno de los grandes nombres científicos del Califato de Córdoba.

Muchísimo antes de que Madrid produjera escritores universales, pintores cortesanos o arquitectos célebres, ya existía un madrileño cuya reputación intelectual circulaba por el mundo andalusí asociada a las matemáticas y a la astronomía.

Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿qué hizo exactamente Maslama al-Mayriti para convertirse en uno de los sabios más prestigiosos de al-Ándalus?

Porque una cosa es decir que fue astrónomo, matemático o astrólogo… y otra muy distinta es entender lo que significaba dedicarse a todo eso hace más de mil años. Y aquí conviene detenerse un momento.

Hoy asociamos la ciencia a laboratorios, ordenadores, telescopios espaciales y fórmulas imposibles escritas en pantallas digitales. Pero en el siglo X la ciencia tenía otra textura. Era una mezcla de observación paciente, cálculo manual, geometría, instrumentos metálicos cuidadosamente grabados y largas noches mirando el cielo.

Y precisamente ahí, entre números y estrellas, fue donde Maslama construyó su prestigio.

Las fuentes medievales llegaron a considerarlo el mejor matemático y astrónomo de al-Ándalus de su tiempo… y no era un elogio menor. Su reputación fue tan grande que siglos después algunos autores lo apodaron ‘el Euclides de España’, comparándolo con el célebre matemático griego cuya geometría marcó el pensamiento científico durante siglos.

Uno de sus trabajos más importantes estuvo relacionado con las tablas astronómicas de Al-Juarismi. Aquellas tablas eran herramientas fundamentales para calcular posiciones planetarias, movimientos astrales y fenómenos celestes. Algo parecido a enormes sistemas matemáticos destinados a ordenar el cielo mediante números.

Maslama las revisó, corrigió y adaptó al contexto de al-Ándalus. Entre otras modificaciones, ajustó los cálculos al meridiano de Córdoba y al calendario islámico, mejorando la precisión astronómica de los datos utilizados en la Península, un trabajo enormemente sofisticado para su tiempo.

Y es que, observar el cielo medieval no consistía simplemente en contemplar estrellas bonitas. Significaba medir, calcular, comparar y corregir errores. En definitiva, intentar entender cómo se movía el universo, a través de matemáticas muy avanzadas.

Maslama también trabajó sobre las tablas astronómicas de Al-Battani y conoció el Almagesto de Ptolomeo, una de las obras científicas más influyentes de toda la Antigüedad.

Además, escribió comentarios y adiciones que muestran hasta qué punto la ciencia andalusí dialogaba directamente con el legado clásico grecorromano.

En otras palabras, Maslama formaba parte de una enorme cadena de conocimiento que conectaba Alejandría, Bagdad, Córdoba y, siglos después, la Europa medieval. Una generación de sabios que entendía el conocimiento como una búsqueda racional del orden del universo. Y también como una manera de comprender el mundo.

La importancia de Maslama fue tan grande que terminó creando una auténtica escuela científica.

Es decir, no solo acumuló conocimiento, lo multiplicó. Y quizá ahí esté la diferencia entre un simple erudito y un verdadero maestro. Un sabio puede reunir conocimientos; un maestro cambia la forma en la que otros entienden el mundo.

En la Córdoba califal del siglo X, la transmisión del saber dependía enormemente de la relación entre maestros y discípulos. No existían universidades tal y como las entendemos hoy. La enseñanza se organizaba alrededor de círculos de estudio donde los alumnos aprendían directamente de especialistas reconocidos, copiaban manuscritos, debatían ideas y heredaban métodos de trabajo.

Las fuentes mencionan entre los discípulos de Maslama a figuras tan importantes como Ibn al-Samh, Ibn al-Saffar, al-Zahrawi o al-Kirmani, nombres fundamentales dentro de la astronomía y las matemáticas andalusíes.

Algunos de ellos un enorme prestigio por derecho propio y, a su vez, formarían a nuevas generaciones de científicos. Porque el conocimiento avanzaba así, como una antorcha que iba pasando de unas manos a otras.

De hecho, algunos historiadores consideran que una de las grandes aportaciones de Maslama fue precisamente consolidar una tradición astronómica andalusí duradera. Y eso ayuda a entender por qué su influencia fue mucho más allá de su propia vida.

Sus discípulos continuaron trabajando sobre astronomía matemática, instrumentos de observación y cálculos astrales que terminarían influyendo tanto en el mundo islámico como, indirectamente, en la Europa medieval.

Parte de ese conocimiento acabaría circulando siglos después mediante traducciones al latín y al hebreo realizadas en ciudades como Toledo.

Sin proponérselo, aquellos científicos andalusíes estaban ayudando a construir algunos de los cimientos intelectuales sobre los que más tarde se desarrollaría la ciencia europea.

Porque antes de Copérnico, Galileo o Kepler existió una larga cadena de transmisión del conocimiento en la que participaron astrónomos árabes, persas y andalusíes. Y entre ellos estaba Maslama al-Mayriti, ‘el madrileño’.

Pocas figuras despiertan tanta fascinación en la historia de al-Ándalus como Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir, más conocido como Almanzor.

Político, estratega militar y hombre fuerte del Califato de Córdoba durante las últimas décadas del siglo X, su nombre todavía conserva algo intimidante incluso mil años después.

Porque Almanzor no fue simplemente un gobernante, fue el hombre que dominó políticamente al-Ándalus en su momento de mayor poder militar. El líder de decenas de campañas contra los reinos cristianos del norte. Una figura temida, admirada y envuelta casi en una dimensión legendaria.

Las fuentes vinculan a Maslama con el entorno intelectual y astrológico de Almanzor. Aunque hoy esa relación pueda sonar casi novelesca, en realidad era algo bastante habitual en las grandes cortes medievales, tanto islámicas como cristianas.

Los gobernantes consultaban astrólogos para elegir fechas favorables, interpretar fenómenos celestes o buscar señales simbólicas antes de tomar grandes decisiones políticas y militares.

Hoy puede parecernos extraño, pero durante siglos el cielo también fue una herramienta de poder.

Los eclipses, los cometas o determinadas conjunciones astrales se interpretaban como anuncios de victorias, cambios políticos o desgracias. Un gobernante que supiera rodearse de sabios capaces de ‘leer’ el cosmos proyectaba además una imagen de autoridad intelectual y conexión con el orden universal.

En cierto modo, controlar el tiempo y los cielos significaba también controlar el relato del poder. Y para eso hacían falta hombres como Maslama, capaces de combinar observación astronómica, cálculo matemático y conocimiento astrológico dentro de la mentalidad científica medieval.

Lo interesante es que, lejos de desacreditarlo, esa faceta aumentó todavía más su prestigio en vida, porque en aquella época la astrología no se veía necesariamente como superstición irracional. Formaba parte del gran sistema intelectual heredado de la Antigüedad clásica y desarrollado en el mundo islámico. De hecho, muchos de los astrónomos más prestigiosos de la Edad Media practicaron también astrología.

En realidad, ambas disciplinas compartían herramientas, cálculos e instrumentos.

Para elaborar cartas astrales hacían falta matemáticas, geometría y conocimientos muy precisos sobre el movimiento de los planetas. Es decir: primero venía la ciencia; después, la interpretación.

Y ahí Maslama destacaba enormemente.

Además, esa relación entre ciencia y poder ayudó a consolidar el prestigio social de los astrónomos andalusíes. Los sabios no eran figuras aisladas encerradas en torres lejanas del mundo, participaban activamente en la vida intelectual y política del Califato. Eran maestros, consultores y hombres respetados dentro de la élite cultural cordobesa.

Resulta curioso pensar que uno de aquellos hombres escuchados por Almanzor fuera Maslama. Un madrileño capaz de conversar con el poder mirando a las estrellas.

Y entonces aparece la gran paradoja: ¿cómo es posible que uno de los científicos más importantes del al-Ándalus medieval, uno de los astrónomos más prestigiosos de su tiempo y probablemente el primer madrileño verdaderamente universal sea hoy un desconocido para la mayoría de la gente?

La pregunta no tiene una única respuesta, pero quizá todas conduzcan al mismo lugar: la relación incómoda de Madrid con sus propios orígenes.

Durante siglos, el Madrid islámico quedó en penumbra. No desapareció del todo, claro… sus murallas siguieron bajo tierra, los viajes de agua continuaron atravesando el subsuelo madrileño y algunos topónimos sobrevivieron al paso del tiempo. Incluso la palabra ‘Almudena’ conservó su origen árabe, procedente de al-mudayna, ‘la ciudadela’.

Pero poco a poco el relato oficial de Madrid fue desplazando aquel pasado andalusí hacia un rincón cada vez más discreto.

La ciudad prefirió mirarse en otros espejos: los Austrias, la Corte, el Siglo de Oro, la capital imperial… y no es difícil entender por qué.

Cuando Felipe II convirtió Madrid en sede permanente de la monarquía en el siglo XVI, la ciudad comenzó a reinventarse simbólicamente como corazón político de la monarquía hispánica. A partir de entonces, el relato cortesano acabó eclipsándolo casi todo.

El viejo Mayrit quedó enterrado bajo nuevas plazas, conventos, palacios e iglesias. Literalmente, pero también en la memoria colectiva.

De hecho, algunos historiadores señalan que ya desde época de los Austrias existió cierta incomodidad hacia el origen islámico de Madrid. Por eso se impulsaron relatos legendarios que intentaban conectar la ciudad con raíces visigodas o incluso romanas, consideradas más prestigiosas para la mentalidad de la época.

En otras palabras, Madrid empezó a olvidar una parte de sí misma… y con ella fue desapareciendo también la figura de Maslama al-Mayriti.

Porque recordar a Maslama obliga inevitablemente a recordar que el primer gran nombre intelectual asociado a Madrid hablaba árabe, vivió en al-Ándalus y desarrolló su carrera dentro de la civilización islámica medieval. Y eso, durante mucho tiempo, no encajó cómodamente dentro de ciertos relatos simplificados de la historia española.

Quizá ahí siga estando una de las grandes asignaturas pendientes de Madrid con su propia historia, el hecho de aceptar que la identidad madrileña es mucho más antigua, compleja y mestiza de lo que a veces contamos.

Significa entender que Madrid no nació directamente como capital castellana, porque antes existió otra ciudad, otra lengua, otra cultura y otro horizonte.

Un pasado islámico que, lejos de debilitar la historia madrileña, la hace más rica. Porque las ciudades más interesantes no son las que tienen un único origen limpio y uniforme, son las construídas a partir de muchas capas distintas.

Madrid, aunque a veces parezca olvidarlo, es exactamente eso… una ciudad levantada sobre siglos de mezclas, transformaciones y memorias superpuestas.

Hay ciudades cuya historia parece escrita únicamente en piedra. La de Madrid está escrita, además, en las estrellas.

Porque mucho antes de convertirse en capital de un imperio, existió un pequeño Mayrit andalusí donde un muchacho aprendió a mirar el cielo y acabó convirtiéndose en uno de los sabios más prestigiosos de su tiempo, en el primer gran nombre universal asociado a Madrid.

Y eso dice mucho sobre la propia historia de la ciudad. Porque a veces olvidamos que las ciudades no solo producen reyes, soldados o políticos… también producen maneras de mirar el mundo. Y Maslama representa precisamente eso, la posibilidad de que, incluso desde un rincón aparentemente secundario del mapa, alguien pueda llegar a cambiar la forma en la que otros entienden el universo.

Pasear hoy junto a la muralla islámica de la Cuesta de la Vega o atravesar el discreto Parque de Mohamed I, entre cipreses y restos de piedra antigua, debería hacernos mirar Madrid de otra manera. Una ciudad donde, en medio del ruido moderno de la ciudad, todavía sobrevive algo del viejo Mayrit donde nació Maslama. Aquel niño que un día levantó la vista hacia el cielo y quiso entender cómo funcionaba el mundo, según Revive Madrid.






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