Durante siglos, las mujeres musulmanas ocuparon un lugar esencial en la transmisión del conocimiento religioso, no eran solo alumnas discretas o figuras excepcionales citadas para embellecer los libros de historia, al contrario, eran maestras, especialistas, referentes. Enseñaban en mezquitas prestigiosas, en círculos frecuentados por estudiantes llegados a veces de regiones muy lejanas.
Hombres y mujeres se sentaban para escuchar sus explicaciones, aprender una cadena de transmisión, comprender un texto o recibir una autorización para enseñar a su vez.
Estas mujeres transmitían el Corán, las ciencias del hadiz, la jurisprudencia y la lengua árabe. Algunas consagraban su vida entera a los manuscritos, a los comentarios y a los debates intelectuales.
Sus nombres circulaban entre los sabios y su competencia era reconocida. Esta historia puede sorprender hoy en día, no porque sea marginal, sino porque se ha olvidado progresivamente. Sin embargo, relata una realidad profunda de la civilización musulmana: el conocimiento ha viajado durante mucho tiempo a través de voces diferentes. Y algunas de esas voces eran las de mujeres.
Cuando la mezquita era el corazón palpitante del saber
En los primeros siglos del Islam, la mezquita no era solo un lugar donde se acudía a rezar, era también un espacio vivo, un cruce de caminos intelectual. Allí se encontraban sabios, viajeros y estudiantes. Se debatía, se leía y se transmitía el conocimiento.
En Damasco, El Cairo, Bagdad, La Meca o Medina, las grandes mezquitas parecían a veces verdaderas universidades abiertas. No siempre había grandes salas cerradas ni instituciones organizadas como hoy en día. El saber circulaba a menudo en forma de círculos. Un maestro se sentaba, los alumnos se agrupaban a su alrededor, se abría un libro y comenzaba la transmisión.
En este universo, las mujeres encontraron su lugar de forma natural, algunas profesoras recibían a estudiantes de renombre y otorgaban ijazas, esas autorizaciones que permitían transmitir un texto o una ciencia. Obtener una ijaza de una gran erudita era un honor muy codiciado.
Fátima al-Fihri sigue siendo uno de los nombres más simbólicos de esta historia. En el siglo IX, esta mujer originaria de Kairuán se vinculó a la fundación de la mezquita de al-Qarawiyyin en Fez. Este lugar se convertiría en uno de los grandes centros intelectuales del mundo musulmán, atrayendo a generaciones de estudiantes. La imagen es poderosa: una mujer participando en el nacimiento de un espacio que formaría a sabios durante siglos. Una realidad histórica muy alejada de los clichés que pretenden presentar el saber religioso como un ámbito exclusivamente masculino.
Mujeres de las que los grandes sabios buscaban la enseñanza
La historia musulmana conserva la memoria de numerosas eruditas, especialmente en la ciencia del hadiz. Se trata de una disciplina exigente, fundamentada en la precisión, la fiabilidad y una inmensa capacidad de memorización. En este campo, la autoridad no dependía únicamente del estatus social, sino que se basaba en una pregunta sencilla: ¿quién posee el conocimiento más sólido? Karima al-Marwaziyya, fallecida en el siglo XI, es uno de los ejemplos más célebres. Gran especialista del Sahih de al-Bujari, era reconocida por la calidad de su transmisión. Hubo sabios que recorrieron largas distancias para asistir a sus clases.
Vale la pena imaginar esta escena: estudiantes sentados en una asamblea, una obra cumbre de la tradición islámica abierta ante ellos, y una mujer en el centro del círculo que enseña, explica y corrige. Ella no fue una excepción aislada.
Historiadores del mundo musulmán han registrado a numerosas mujeres especialistas en el hadiz. Algunas de ellas fueron maestras de sabios que llegaron a ser muy célebres. Ibn Háyar al-Asqalani, una gran figura de la erudición musulmana, menciona él mismo a varias mujeres entre sus maestros.
Fatima bint Muhammad al-Samarqandi, jurista del siglo XII, es otro ejemplo notable. Educada en una destacada familia de eruditos, dominó las complejidades del derecho islámico. Su reputación trascendió con creces a su familia.
Estas historias nos recuerdan una verdad a menudo olvidada: durante largos periodos, la excelencia intelectual femenina no se consideró una anomalía, sino parte del panorama del conocimiento.
¿Cómo se ha borrado parte de esta memoria? Surge naturalmente una pregunta: si estas mujeres existieron, ¿por qué sus nombres son tan poco conocidos hoy en día? La respuesta no es sencilla. La historia nunca es un bloque monolítico. Las sociedades cambian. Las mentalidades evolucionan. Periodos de apertura se alternan con periodos de cierre. Con el tiempo, diversos factores políticos, sociales y culturales han reducido la presencia visible de las mujeres en ciertos espacios públicos del saber. Se han arraigado nuevas costumbres. Algunas puertas se han cerrado. Lo que era común en una época se ha vuelto raro en otra.
Entonces, el olvido hizo estragos. Generaciones enteras crecieron imaginando que la ausencia de mujeres en ciertos ámbitos era una norma antigua e inmutable. Sin embargo, las fuentes históricas ofrecen una perspectiva más matizada. No se trata de idealizar el pasado. Las antiguas sociedades musulmanas también tenían sus limitaciones y desigualdades. Pero reducir toda esta historia a una ausencia total de mujeres sería un error. Existían. Leían. Enseñaban. Transmitían el conocimiento.
Redescubriendo las voces olvidadas de una civilización del conocimiento
Hablar hoy de estas mujeres eruditas no es simplemente un ejercicio histórico, es una forma de recuperar una parte de la memoria musulmana. Una civilización se comprende mejor cuando abarca todas las voces que la han moldeado: las de grandes juristas, teólogos y filósofos, pero también las de las mujeres que compartieron los mismos libros, estudiaron los mismos textos y dedicaron sus vidas a las mismas búsquedas.
En las grandes mezquitas del pasado, se podían oír estas voces femeninas explicando un dicho profético, comentando una obra y transmitiendo el conocimiento recibido generaciones atrás. No estaban al margen de la historia; formaban parte de su devenir. Devolverles hoy su lugar no se trata de introducir una nueva idea en la tradición musulmana. A veces, se trata simplemente de redescubrir lo que esta tradición ya sabía. Como si, bajo el polvo del tiempo, encontráramos una página antigua que nadie debería haber dejado de leer, según Oumma.