Pasan los días y cada vez cuesta más saber cuál es la meta final de la guerra. Después de alcanzar más de 8.000 objetivos, Estados Unidos pareció recordar que uno de los principales asuntos aún por resolver es el programa nuclear, así como las reservas de uranio enriquecido en poder de Irán, y golpeó en la planta de Natanz, situada cerca de la ciudad santa de Qom, al sur de Teherán.
Los medios estatales informaron de que no hubo «fuga de material radiactivo» ni peligro para los residentes cercanos y la Agencia Internacional de Energía Atómica insistió en que, en principio, no hay riesgo radiológico para la población civil alrededor de la instalación.
Si Estados Unidos se desvinculó del ataque al mayor yacimiento de gas iraní de la semana pasada, que provocó la respuesta de la Guardia Revolucionaria en forma de ataques a las principales plantas energéticas del Golfo, esta vez Israel fue quien dijo que no tuvo nada que ver con la operación en Natanz. Los estadounidenses, que ya bombardearon el lugar durante la guerra de junio del año passado, utilizaron bombas antibúnker contra la instalación.
La escalada sigue. Horas después de recibir el ataque contra la planta nuclear de Natanz, Teherán respondió con hasta cinco tandas de misiles contra la central israelí de Dimona, en la que se sitúa su enriquecimiento de uranio para desarrollar armamento nuclear. Un vídeo capta cómo el interceptor israelí falla y uno de los proyectiles hace un impacto directo, generando una bola de fuego. Según los servicios sanitarios, resultaron heridas al menos 40 personas.
Dimona, en el sur de Israel, es el epicentro del programa israelí de desarrollo de armamento atómico. Es desde los años cincuenta del siglo pasado un secreto a voces que las autoridades de Tel Aviv nunca han reconocido formalmente. Israel es la única potencia nuclear de Oriente Próximo y uno de los muy escasos países del mundo con este tipo de armamento fuera del Tratado de No Proliferación. Los expertos calculan que posee entre 100 y 200 ojivas nucleares.