Se acerca el final del Ramadán. Entre la población no musulmana, este período de recogimiento y reflexión es conocido sobre todo por una práctica: la del ayuno. Durante el Ramadán, no se puede comer ni beber desde que sale el sol hasta que se pone, y eso, más o menos, lo sabe todo el mundo. El tema, sin embargo, despierta siempre mucha curiosidad y también saca a relucir algunos prejuicios.
Sin ir más lejos, este año, poco después de que diera comienzo, la influencer Violeta Mangriñán compartió una publicación en la que se leía “feliz ramadán”, acompañada de la imagen de un plato de jamón y unas cervezas, ambos alimentos prohibidos por el islam. Se hizo viral y comenzaron a lloverle las críticas, por lo que Mangriñán tuvo que pedir disculpas. Pero no es la primera ni la única que difunde este tipo de mensajes, más frecuentes aún cuando llega este periodo y muchas personas musulmanas empiezan a compartir su día a día.
En los últimos años, las redes sociales se han convertido en un canal importante para mostrar cómo se vive el Ramadán y aclarar algunas de las dudas más habituales de quienes son ajenos a la religión islámica. Hay quien enseña lo que come, quien explica curiosidades —como por qué se suele romper el ayuno con un dátil— y quien divulga sobre aspectos menos conocidos de este período o aprovecha para responder preguntas.
Chaima Laghmari es estudiante y muestra en sus redes cómo rompe el ayuno cada día “como universitaria”, ya que va a clase por las tardes y este momento, conocido como iftar, le pilla justo en la universidad. Así que pide permiso a los profesores para poder salir del aula y comer en la cafetería. Uno de esos días, se grabó mientras cenaba y, sin darle muchas vueltas, lo publicó.
“Ese vídeo gustó y despertó mucha curiosidad. Para algunas personas era algo familiar; chicas que rompían el ayuno solas o lejos de sus familias me escribían diciendo que les hacía compañía. Para otras, era la primera vez que veían a una estudiante musulmana cenando dátiles, hummus y un tupper de comida, rodeada de las mesas vacías de la cafetería. También surgió un tercer grupo: personas a las que no les gustaba mi presencia o solo me veían para despreciar mi fe", explica.
Paula Lebron, cuyo contenido se suele centrar en moda y belleza, vio la oportunidad de dar a conocer el Ramadán, pero también características generales del islam, con una serie de vídeos titulada Por qué Ramadán. “La empecé con la intención de educar, tanto a nuevos musulmanes como a los no musulmanes, a la vez que entretener con un tono humorístico, partiendo de esos prejuicios generalizados que existen y desmontándolos”. Paula percibe que, aunque todavía existe mucho desconocimiento sobre el tema, cada vez más personas quieren informarse. “Sobre todo, me gustaría que la gente entienda la diversidad que existe dentro del islam, que religión y nacionalidad van separadas y que, en concreto, el Ramadán no es una época de sufrimiento, sino todo lo contrario. Son nuestras ‘Navidades’, un mes con una carga familiar, comunitaria, espiritual, más allá del simple ayuno”.
A Chaima, este desconocimiento y el hecho de que el Ramadán se siga percibiendo como algo tan lejano, le resulta curioso “viviendo en un país con una herencia y una comunidad musulmana tan presentes. Se nos ve como algo que sucede ‘ahí al lado’, pero no como parte del tejido cotidiano de la sociedad. El desconocimiento no es malo de por sí, pero es el caldo de cultivo de los prejuicios”, afirma.
Muchas de las preguntas, según Chaima, van directas a la parte física: “‘¿Pero ni siquiera agua?’, ‘¿Ni un chicle?’, ‘¿Un té sí que podrás, ¿no?’, ‘¿Y si te tragas la saliva?’. Y tiene gracia, porque son preguntas que muchas veces van acompañadas de miradas con auténtica compasión".
En su caso, al romper el ayuno en un sitio público, a veces se le acercan profesores o compañeros de clase para resolver sus dudas. “Ahí te das cuenta de que hay un interés real por entender qué hay detrás del hambre. Esos momentos espontáneos me sirven para explicar que esto no es un castigo ni un manual de prohibiciones, sino una decisión mía (que, evidentemente, nace de la elección de creer), algo que me hace sentir bien y me conecta conmigo misma”.
A veces, reconoce, experimenta una cierta “pereza pedagógica”, sobre todo cuando escucha la misma pregunta por enésima vez o nota que se la hacen con tono despectivo o paternalista, “esas preguntas que dan por hecho que lo hago obligada o que soy una ‘víctima’ de mi religión o cultura”.
Paula coincide en que la mayoría de las preguntas que recibe a través de redes sociales sobre el Ramadán se hacen desde la curiosidad y el respeto. “Esto es algo que amo, porque creo que ahí está la verdadera riqueza, en compartir“. Pero añade: “Si veo comentarios con segundas o prejuicios, normalmente bloqueo o doy una respuesta bastante cortante; eso se huele en el ambiente. Cuando alguien es curioso se nota y cuando no, también”.
No es solo “pasar hambre”
Quizá, lo que más cuesta entender desde fuera, cuando el ayuno cobra tanto protagonismo, es que el Ramadán es algo más que “pasar hambre”. “Hay quienes me han llegado a preguntar si lo aprovechamos para adelgazar o si es una especie de detox, cuando el ayuno es en realidad la capa superficial de algo mucho más profundo”, cuenta Chaima.
Se tiende a pensar que es casi como un reto de resistencia física y, obviamente, puede ser duro. Pero, por un lado, es importante señalar que hay grupos de personas que, por sus circunstancias físicas, están exentas de ayunar y, por otro, que el Ramadán tiene un fuerte componente de introspección y comunitario que no se puede dejar de lado. “Una parte abstracta”, como dice Paula, “que no se puede palpar y que, por eso, a veces es más difícil de digerir”.
Chaima lo resume de esta manera: “Para mí, consiste sobre todo en un ejercicio de autodisciplina mental y reconexión espiritual. Vivimos en la época de la gratificación inmediata. Negarte a esos impulsos es lo verdaderamente desafiante. Decirte a ti misma ‘ahora no’, te recodifica; te enseña a gestionar la paciencia y el estrés sin refugiarte en lo material, buscando esa calma interior a través de otras vías. También tiene ese componente de empatía real: recuerdas lo que se siente al no tener lo básico y conectas de otra forma con la generosidad. Por eso, ese primer dátil o ese primer trago de agua tras el ayuno son un momento de pura gratitud. Todo sabe distinto porque lo vives con otra conciencia”.
Ahora que tanta gente ayuna por motivos no religiosos ni espirituales, podría parecer que hay más conocimiento o empatía hacia este tema, pero no siempre es así. “Antes nos veían como locos, pero desde que algún doctor decidió hablar de los beneficios del ayuno, la gente es más ‘ramadeña’ que ninguno”, dice Paula entre risas. Ella habla de una cierta “doble moral” en este sentido. Chaima sí que detecta que hay algo más de conocimiento, pero casi siempre enfocado en lo físico, y le frustra el sentir que una práctica que los musulmanes llevan siglos realizando necesite esa especie de “sello externo” para no ser criticada o rechazada. “Se valida y se admira el ayuno cuando lo hace una persona no religiosa (y generalmente no racializada), porque se ve como un ejercicio de disciplina o salud. Sin embargo, cuando lo hacemos nosotros, aparecen las etiquetas de ‘extremismo’, poniendo en duda cómo podemos inhibir deseos básicos del ser humano”.
Atacar con el jamón
En cuanto a mensajes como el de Violeta Mangriñán, Paula, que hizo un video para responder a la influencer, dice que a ella personalmente no le ofendió, pero sí que percibió la intención de ofender a la comunidad musulmana. “Lo peor no es que ‘bromeen’, sino que, a veces, esas ‘bromas’ se convierten en amenazas e insultos. Por eso, los memes como los de Violeta hacen de todo menos gracia”.
Chaima cree que, hace una década, habría pasado mucho más desapercibido, pero ahora el clima social es otro. “Publicar un meme así en un momento donde el racismo y la islamofobia están tan presentes no es un descuido. El jamón en España no es un alimento cualquiera; históricamente se ha utilizado como una herramienta de repudio y violencia hacia la comunidad musulmana. Aunque no sea tu intención, termina siendo una declaración de intenciones, e ignorar ese contexto cuando tienes tantísima influencia es una irresponsabilidad”.
Ya sea durante el Ramadán o en cualquier momento del año, utilizar el jamón para atacar a la comunidad musulmana no es nuevo. Como explica la profesora de historia Aitana Guia en el libro Digestible Governance, tras la conquista cristiana de la España islámica, muchos musulmanes quedaron dentro de territorios controlados por el cristianismo, por lo que comer cerdo se convirtió en un símbolo de “verdadera lealtad” a la fe cristiana. Por eso, el jamón y el cerdo no son neutrales, “fueron politizados en la época medieval y en la Edad Moderna, y esta larga asociación entre comer cerdo y pertenecer a la comunidad legítima todavía permanece”. La activista y creadora de contenido Safia El Aaddam, más conocida en redes sociales como @hijadeinmigrantes, también hizo un video respondiendo a Violeta Mangriñán en el que hablaba de forma muy concisa sobre la carga histórica que este alimento tiene en España.
Chaima recuerda que “ver fotos de jamones o cerdos, en general, no nos duele, no nos quema ni nos desintegra; son literalmente fotos”. Pero sí le cansa esa insistencia en querer ofender. “Mi fe no es una provocación, es mi normalidad. No voy a pedir perdón por existir ni por haber nacido aquí; no voy a dedicar mi vida a convencer a quien ha decidido no entenderme. El Ramadán es parte de nuestro presente y ya va siendo hora de que lo miremos desde el respeto y la curiosidad real, no desde la necesidad de que alguien venga a justificarlo continuamente”. Y Paula concluye: “En el islam hay gente de todo tipo y, por ello, las personas más cerradas deberían darse la oportunidad de experimentar otra visión del mundo. Quizá así construiríamos un sitio más cálido para la convivencia”.
Fuente: El País