"Ellos no solo destruyen nuestras casas. Destruyen nuestros recuerdos, nuestra historia, nuestra vida y nuestro futuro, matando nuestros sueños", se lamenta Fakhri Abu Diab, presidente del comité de defensa de Silwan.
Los vecinos del distrito de Al Bustan, en el barrio de Silwan (Jerusalén Este), amanecieron el 1 de febrero con la noticia de que próximamente las autoridades israelíes echarán abajo 15 viviendas. Fakhri Abu Diab, presidente del comité de defensa de Silwan, asegura que es la mayor demolición hasta la fecha, y que si bien nadie sabe exactamente en qué día se producirá, creen que será antes del 17 de febrero, que es cuando empieza el Ramadán.
Aunque esto no es nuevo –Israel ha estado demoliendo hogares palestinos en Jerusalén desde 1967, cuando tras la Guerra de los seis días tomó el control del lado Este de la ciudad–, sí que se ha intensificado la campaña de demolición cuando empezó el genocidio en Gaza. Desde el 7 de octubre de 2023 se han demolido 37 hogares sólo en Al Bustan, y 2025 terminó con el derribo de un edificio de cuatro plantas que dejó a 100 personas en la calle el 22 de diciembre en Silwan.
El sol brilla en Al Bustan. En esta zona de la ciudad, donde enjambres de casas blancas crecen sin planificación urbana en la ladera de la montaña y los niños corretean por las calles, es donde Israel ha decidido que construirá Gan Hamelech, el Jardín del Rey David, ya que es ahí donde supuestamente el rey del antiguo Israel y Judá tuvo su palacio, según la Biblia hebrea. El Jardín del Rey David constará de un parque y un parking, pero para poder comenzar la obra primero deben desalojar a los vecinos. En Al Bustan, gran parte de los 1.500 habitantes en las 115 viviendas que lo forman son niños.
"No tenemos donde ir. Todos los días pienso qué puedo hacer, pero no hallo respuesta" cuenta a Público Fakhri Abu Diab, de 64 años, cuya casa fue demolida hace dos años, en el que describe como el peor día de su vida. Llegaron sin previo aviso y derribaron todo, asegura, pero él, junto con sus vecinos, retiró los escombros. También compró una vivienda prefabricada en la que ha vivido con su mujer desde entonces, pero esta solución es provisional, pues su casa está entre las 15 viviendas que pronto serán destruidas.
Su familia ha poseído esa parcela desde hace por lo menos cinco generaciones, asegura, y es por eso que se niega a abandonarla: "Mi familia ha vivido aquí durante más de 100 años. Yo nací aquí, en 1962", declara. "Imagina el trauma de mi nieta", continúa. "Se levantó por la mañana para ir al colegio y cuando volvió su casa ya no existía".
Una gran deuda
Si los vecinos se niegan a destruir sus propias casas, el coste de la maquinaria y las dietas de los operarios y la Policía recae sobre el propietario. Es por eso que Abu Diab paga cada mes unos 1.000 euros desde que destruyeron su hogar, hasta que termine de pagar la deuda contraída de unos 54.000 euros (200.000 shekels). "En el recibo que me pasaron se detalla que tengo que pagar por el almuerzo de aquel día. Pagué incluso por los sándwiches que comieron los operarios y la Policía", dice profundamente indignado.
En caso de negarse a pagar, las autoridades israelíes tomarían el dinero que tiene en el banco y le meterían en la cárcel de forma indefinida, asegura. Es por eso que Abu Diab está obligado a pagar mes a mes la factura.
Resistir hasta el último momento y tratar de impedir la demolición es una opción, pero no todos se lo pueden permitir. Abu Mahmoud Abassi, de 73 años, comenzará este fin de semana, junto con la ayuda de familiares, amigos y vecinos, con la tarea no sólo de destruir su casa, sino de retirar los escombros y despejar el terreno. La cuenta atrás comenzó hace unos días para él, ya que si finalmente son las autoridades israelíes quienes hagan el trabajo, se verá en la calle con una deuda de unos 20.000 euros (entre 60.000 y 70.000 shekels). Los limoneros y naranjos que él mismo plantó en su jardín son el único vestigio que permanecerá del hogar que durante 40 años compartió con Rasmia, su mujer, que falleció hace unos días.
"Nos han abandonado", grita furioso en el salón de su casa, con la orden de demolición en mano. "Los países musulmanes nos han abandonado a los palestinos", dice con lágrimas en los ojos. A pesar de contratar a un abogado, le ha sido imposible impedir ni aplazar la demolición, informó Público.es