Agencia Islamica de Noticias, Saturday 02 de March de 2024
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Abdul Rahman Colombo: El sabio sufí que siempre sonreía

Abdul Rahman Colombo: El sabio sufí que siempre sonreía

Recorrió el mundo durante años buscando un camino espiritual. Lo encontró en el sufismo. Y dedicó su vida a transmitir su mensaje. El argentino que tradujo al español la colección de hadices del “Sahih Muslim”. Y tenía una columna sobre espiritualidad en la tele. Murió en Granada, en el 2020. Este 21 de marzo hubiese cumplido 72 años. Esta es su historia.
Agencia Islámica de noticias
Saturday 18 de Mar.
Chefchauen. Marruecos, 2013

Por Abdul Wakil Cicco

Granada, España. Hospital central. Es 2020, plena pandemia. Y un hombre, un argentino intuye que va a morir. Tiene covid y lo han aislado a una sala vidriada de terapia intensiva donde, en breve, van a intubarlo. En lugar de patalear, de gritar a las enfermeras, de protestar ¿por qué a mí?, el hombre sujeta el móvil y toma una foto. Y luego redacta un mensaje a su esposa. “Aquí estoy. Aislado del mundo, agradecido de todo. Y recordando a Allah”. Ese hombre se llamaba Abdur Rahman Colombo. Y ese fue su último mensaje antes de partir. 

José Luis Colombo había depositado grandes expectativas en su primogénito, por algo lo había llamado, también a él, José Luis. Nacido un 19 de marzo de 1951, y bautizado un mes más tarde, su hijo era brillante en la universidad, no bebía alcohol, nunca una travesura, ni un contratiempo, y era el primero en insistir a la familia cada domingo para que lo acompañaran a misa, 150 metros de su casa, en la mismísima Catedral de La Plata. Néstor, su hermano menor –tenían otra más chica aún, Cintya- era justamente la contracara: a José Luis no le gustaba el fútbol, a él sí. José Luis no andaba callejeando por el barrio, él sí. A José Luis le encantaba la lectura y la escuela de hermanos maristas. A él, ninguna de los dos, e incluso lo terminaron echando del colegio. José Luis iba a misa con deleite reverencial y acompañaba a los curas en misiones por las villas. Y Néstor no creía en nada de nada, le parecía todo una payasada, unos chupacirios. 

-Mirá léete este libro –cada tanto, José Luis le daba una novelita a su hermano, a ver si lo transformaba al bando de los buenos-. 

-¿El lobo estepario, de Herman Hesse?

-Te va a encantar.

“Pero resulta que yo lo leía y no entendía un pomo”, recuerda Néstor hoy, rodeado del verde primaveral de su jardín en Mendoza. “Tal vez era la diferencia de edad. Tres años de niño es mucho. Mi hermano me quería convencer. Pero nunca pudo, pobre. Al final, me decía: ‘Sos el ateo perfecto’”.

José Luis padre, mendocino, era un emprendedor nato. Se había mudado con varios amigos a La Plata a estudiar abogacía, pero se aburrió pronto y empezó a trabajar. Primero con su propio padre en una bodega, luego –nunca se llevaron bien- se puso una empresa de máquinas y herramientas, luego otra empresa que alquilaba equipos para construir rutas, luego, montó una fábrica de plástico donde llegó hasta a moldear en serie la culata de los rifles FAL que usaba el ejército con fines poco claros. En La Plata conoció a su esposa y madre de sus tres hijos: Nélida Esther, maestra platense, 22 años. Como Nélida tenía problema en las cuerdas vocales pronto la trasladaron a la administración –aún vive: tiene más de 100 años-.  

La casa de los Colombo era, en términos zoológicos, algo gorila. En 1955, festejaron a viva voz el golpe militar a Perón. Y se ponía la marcha Libertadora, a diario como si papá buscara atornillarla a la memoria de sus hijos.

Estudió ciencias políticas en la Universidad del Salvador hasta que abandonó todo por explorar el mundo.

En los ’70, mientras Néstor tropezaba y era despedido como misil de la escuela marista, José Luis egresaba victorioso, aplaudido y querido, y partía a Buenos Aires a casa de su tío, a estudiar ciencias políticas en la Universidad del Salvador. Su tío era comodoro. Y su esposa, amiga de familias acomodadas como los Martínez de Hoz. Junto a sus tíos, José Luis asistía de punta en blanco a vermisagges, casamientos, ágapes, cócteles, siempre atento, siempre pura sonrisa, siempre medido, jamás cáscara de maní en el diente. Por ese entonces, quería dedicarse a la diplomacia. Tenía con qué.

“Si sentaban a José Luis en una mesa con un millonario, un cura, una modelo y un barrabrava de Platense”, recuerda su hermano Néstor, “podía entretenerlos durante cinco horas. Era un gran maestro de ceremonias”.

Pero algo pasó. Nadie sabe a ciencia cierta si fue el hipismo, los Beatles, un amigo artista, otra amiga ceramista, un porro, un golpe de calor o el simple y malsano tedio que todo lo puede torcer. Lo cierto es que, en 1974, contra todo pronóstico, José Luis Jr de 23 años, el preferido de papá, el deleite de los vermisagge de los Martínez de Hoz, el favorito de los curas maristas, dijo que abandonaba la carrera. Abandonaba la casa de sus tíos. Los vermisagges, las misas, y la mar en coche. Soltaba todo como correa de perros. Y hacía un anuncio radical:

-Me voy con amigos a un viaje a Europa. 

-¿Y cuándo vas a volver?

-No sé cuándo voy a volver, mamá.

Su madre estaba preocupada. Pero su padre estaba desahuciado. Vivió el anuncio de José Luis Jr como si alguien hubiera puesto dinamita en su futuro. Por supuesto, se negó a desembolsar un centavo en semejante borrón y cuenta nueva. Pero su madre –dicen- secretamente le dio el dinero necesario. Y así José Luis Jr. inició la aventura de su vida. Y cuando regresó 15 años más tarde, ni siquiera se llamaba José Luis.

 “José Luis me llevaba tres años y era el preferido de papá. Leía mucho. Mis viejos no tanto. Tenía toda su vida cronometrada y contaba con una memoria enciclopédica. Te podía recordar películas que había visto hacía 20 años años. O contarte de punta a punta la historia del tatarabuelo. Era perseverante. Arrasadoramente perseverante. Nunca practicó ningún deporte. Nunca lo ví con una pelota en los pies. Yo en cambio lo único que hacía era jugar a la pelota todo el día. Y mi hermano lo detestaba. A los 23, dejó todo. Estudiaba ciencias políticas y perdió interés por la carrera. Dejó de ir a misa. Pasó de ser una persona prolija, y estudiosa, a convertirse en un misterio en la familia. Mis viejos estaban horrorizados”. (Néstor Colombo, hermano)

El viaje le llevó años. Meticuloso, medido y disciplinado aún en el despiste exploratorio, llevó un diario de viajes donde da cuenta de su llamativo itinerario. En ese tiempo, se engulló al mundo de un trago. 

El 8 de enero de 1976, José Luis inicia el diario en Essen y lo culmina en Marrakech. En el medio, lo que sucede es más o menos así: visita un castillo en Stockhouse, Alemania. Junto a Notre Dame lee el Libro tibetano de los muertos. En mayo, en París actúa de mago en una película –“Blacamán, el bueno vendedor de milagros”, basado en una historia de García Márquez-. En agosto, en Amsterdan conoce a miembros de la secta Moon. Anota: “Sin dinero, como siempre”. En Roma vive en casa de actores. Apunta: “Comienzo a estar confuso. No sé qué puerta abrir. Pido ayuda a los espíritus grandes y generosos. Busco dentro de mí la luz para continuar camino”. El diario se interrumpe. 

En octubre de 1977, un griego lo inicia en yoga. Pasa sus días en Tunes viviendo con un amigo en casa de una familia musulmana. “Miles de niños en las calles”, escribe, “y en el aire, el nombre de Allah”. En enero de 1978, asiste a una conferencia del maestro Krishnamurti en Puri, India. Recorre templos en bicicletas. Ve cómo sacerdotes adoradores de Shiva estiran las manos con comida y descienden las águilas.

Pasa su cumpleaños cerca del Taj Mahal. Duerme fuera de un templo sigh. Cruza Afganistán. Sumerge los pies ampollados en el Mar Caspio. Atraviesa Irán, Turquía, Grecia. Sobrevive a una tormenta de nieve en Kurdistán. Recorre Macedonia a dedo. En Montenegro, en la costa del Mar Adriático duerme bajo la lluvia. “Me parece”, anota en una pausa en el camino, “que este viaje es infinito”.

Su registro en abril de 1978, un día antes de viajar de vuelta a Italia y al mundo conocido, es el punto más álgido del diario. Si hay una epifanía, es esta. Por momentos, José Luis ya no escribe. Otro, parece, toma su lapicera. Pero, ¿quién? La fruta se desprende de la rama y recorre el cielo como una firma roja. Y quien sea que escribe, apunta: “Volver a Europa me quita las ganas de vivir. Hace que mi cabeza dé mil vueltas. La gente está automatizada en los países capitalistas y también aquí que dicen ser comunistas. Pero no es cierto: hay grandes supermercados. Todos vestidos con jeans y campera negra. Hay nostalgia de mujeres nepalesas y babas. No consigo ponerle color a este mundo. Se acabó la comida natural. Todo empaquetado y con colorante de nuevo. Los animales también se acabaron a excepción de los pájaros y no mucho. Cuando llegue a Roma, mis amigos de la sociedad me dirán que estoy enloquecido. Me cuesta calmarme. Y pese a todo, estoy frente a un lugar lindísimo frente a colinas y frente al mar. Me recuerda al Chile querido. Pero ¿qué hacer cuando la mente se excita y no hay belleza que la calme? Sólo desde dentro mío podría surgir la paz que he gozado todos estos meses en el anti mundo. Con las palmeras magnéticas y los pescadores de amor, las canciones de adoración, los ídolos mágicos, el elefante, el búfalo, las ardillas monos camellos pavos reales que habitan las arenas rosadas de las mil y dos galaxias del oriente. Con sombrero multicolor. Turbante de ensueño y una rosa roja en las manos. Imágenes de mil afganos vienen a mi mente. El silencio ensordecedor lleno de felicidad de los desiertos me asombra como a un niño. La noche de qawalis, música sin interrupción junto al Tah Majal. O en el desierto africano donde hablan del poder de Allah y mi ser vibra con ellos y con el universo. Es la danza del amor de la creación y de la destrucción. Es la madre de los mundos protectora de la muerte que baila sin detenerse jamás. Mis ojos llenos de lágrimas con la luna llena que se levanta del otro lado del Ganges. Un hombre endemoniado con cien mujeres que tratan de pelarlo. Los cantos de los pescadores tirando de las redes a las 4 de la mañana. Las diez puertas que defiende el dios Shiva abiertas lentamente por los brahames para que podamos adorarlo unos pocos momentos. El ojo de Dios que desde lo alto de la colina desde rayos dorados te contempla. Los dos monos que te despiertan todas las mañanas con una sonrisa. El amigo silencioso caminando a mi lado. La hermosura increíble de los velos de los musulmanes. Jóvenes mujeres bañándose en la cascada tropical y las cien flores que las observan. Todo esto y el infinito están conmigo. Registrado en cada átomo de mi cuerpo. Y estoy también grabado en todo ello. Y aquí estoy con un pedazo de pan y queso preparado para pasar la noche bajo las estrellas”.

Pero aún el destino le tenía reservado un viaje decisivo. En Marrakesh, Marruecos. Asistía a una escuela de yoga –se había hecho amigo del profesor-. Allí leyó un poema de Rumi, místico islámico, que lo atravesó como lanza. Decía: “No soy del este ni del oeste. Ni de la tierra ni del mar. Yo no soy farsi, ni judío. Ni cristiano ni musulmán. Mi lugar es sin lugar. Yo busco al Uno. Yo invoco al Uno. Yo soy el Uno. Él es el Primero y el Último. Él es el Exterior y el Interior”. Plagado de mezquitas, Colombo se introdujo en una y en un abrir y cerrar de ojos, se había convertido al islam. Le pusieron Ali de nombre. Fue tan conmovedor su cambio de vida que empezó a decir que, en verdad, era oriundo de Marrakesh. Porque, de alguna forma, había nacido allí. Su alma despertó allí.

“Por cuestiones de salud, Abdur Rahman sabía que no podía comer algunas cosas pero decía que cuando pasaba por la puerta de una panadería, sus pies se metían solos. Siempre olía bárbaro. Se vestía cómodo pero impecable. Él me enseñó la sunna de estar vestido siempre lo mejor posible, pero sin ostentar. Se reconocía como falto de habilidad para tareas técnicas, con la computadora, o del hogar. Pero tenía el don de dejarse ayudar. Siempre bromeaba cuando alguien lo ayudaba. ‘Tenés que agradecerme por la bendición de poder ayudarme’, les decía’. Era muy fácil relacionarse con él, se enojaba a veces pero se le pasaba rápido. Muy buena onda con los chicos y los ancianos. Él claramente no era un anciano ni lo hubiese sido aún viviendo 100 años. Meticuloso en el din. Se lo tomaba muy en serio, pero lo transmitía con infinita gracia. Como todos los sabios, no se consideraba uno. No era el tipo de sabio que sabía metódicamente obras o temas. Tenía data en cápsulas, mucha, y sabía dosificarla según el interlocutor. Por eso entre otras cosas era tan bueno en la difusión del islam. Él siempre contaba cuando Krishnamurti le dijo a él y a sus amigos "ustedes no son nada. Absolutamente nada”. (Mutasalem Irion, sufí yerrahi).

Se enteró que existía un grupo de sufís en España seguidores de un sheik llamado Abdul Qadir as Sufi, un escocés que había sido, como él, converso y explorador, guionista, amigo de Fellini y Eric Clapton. Así que regresó con destino a Sevilla, donde se había asentado la comunidad. Era lo que buscaba y el sheik lo fascinó. El maestro lo renombró: Abdur Rahman dai al Haqq, que llevaría hasta el final.

De visita en Orgiva, España junto al sheik naqshbandi Umar Margarit

Abdur Rahman fue uno de los difusores más convincentes del islam en España. La mayoría de los musulmanes conversos de la primera época, habían sido cautivados por su serena sonrisa. No necesitaba vender nada. Le bastaba con ser. Para aquel entonces, vendía pan integral en la calle. Distribuía en panaderías y tenía un puesto en la plaza donde también ofrecían dulces caseros. Luego se empleó en la carpintería de quien sería su amigo inseparable: Abdul Fatah.

Abdur Rahman podía girar los corazones de la gente en cualquier situación. Su alegría era contagiosa. Una vez, saludó a un chico desconocido que arrojaba la basura. Y acabó bebiendo té hasta las tres de la madrugada y el chico haciéndose musulmán. Historias así, hay decenas y decenas. A cada persona que tocaba Abdur Rahman, le crecía un turbante o un pañuelo. Era un cruzado encantador. Un misionero urbano. Un –ya lo sentía de joven- diplomático. Y así, el grupo de quince derviches, creció y creció. En los ’80, había reuniones de hasta 200 sufis. Y los conversos habían sido tocados por el by pass celestial de Abdur Rahman.

Por entonces, quiso casarse con una marroquí pero la familia de ella –gente de dinero- se opusieron. ¿Cómo su hija iba a casarse con un sufí, aventurero y ambulante, argentino y sin carrera universitaria? La mujer lo amaba. Y él amaba a la mujer. Colombo escribió a un sheik en que vivía en una ciudad cerca de la familia, para convencer a los que, esperaba, fueran sus futuros suegros. Y el sheik hizo lo que pudo. Pero no hubo caso. Abdur Rahman siguió soltero –atesoró una copia a la carta al sheik como prueba de amor por aquella dama-. De hecho, llegó a casarse pero a los 61 años. Para él, decía, los hijos eran sus jóvenes derviches.

El sheik Abdul Qadir as Sufi era un torbellino. Daba órdenes y contra órdenes. Hacía y deshacía. Ofrecía cargos y los quitaba. A algunos los empujaba hacia delante, a otros les arrasaba los cimientos y volaban bien lejos. Estar junto a un sheik, si es verdadero, es un lugar incómodo. Los cojines queman. Y los cojones también.  

En 1984, por esas razones climáticas propias del sheik, se produjo un quiebre en la orden: la famosa grieta. Un reconocido erudito norteamericano, el doctor Omar al Faruq, que enseñaba árabe a los derviches, y había sido pieza clave para sentar las bases de la orden en suelo firme religioso, el sheik le negó el saludo –una forma de decirle adiós- y Omar partió a Arabia Saudita. Luego, Mansur Escudero, que había sido emir del sheik en Granada, siguió el mismo camino y se instaló en Salobreña donde, junto a otros musulmanes, se puso una clínica de medicina natural –acabaría años más tarde, fundando la Junta Islámica de España-.

En la batalla interna, volaron esquirlas. Se rompieron platos. Se deshicieron amistades. Y hubo quienes acompañaron al doctor Faruq y quienes permanecieron junto al sheik, ese divino vendaval. Durante un tiempo, Abdur Rahman, tomó partido por su sheik. Una vez, para defenderlo, terminó a las piñas. Otros tiempos, otro temple. Y luego, tomó partido a fines de 1983 por Faruq y acabó siendo iman de una mezquita de su grupo.  

En 1984, llegó de visita a Granada su hermano Néstor. Tenía novia española y estando de viaje por Madrid, le comentó: “Tengo un hermano viviendo en Granada al que no veo hace mucho. ¿Me acompañas a darle una visita sorpresa?” En el fondo de su casa mendocina, Néstor sacude su cabellera blanca y sorbe más mate, se lo ve preocupado. “Esa visita fue un desastre”.

Néstor que ya era antagónico a su hermano de niño, ahora de grande, la diferencia era más atroz. Lo alojaron en una habitación para hombres y a su novia en otra para mujeres. A los pocos días, salieron a solas a dar una caminata. “Mirá, Néstor, lo lamento pero para mí”, le dijo Abdur Rahman, “vos ya no sos más mi hermano”. Néstor y su chica, dejaron Granada para nunca más volver. “Me arrepentí muchísimo por ese trato”, diría más tarde Abdur Rahman. “No se lo merecía”.

Había sido dura la vida para los Colombo que quedaron en la Argentina. En los ’70, su hermana Cintia, que militaba en el comunismo y estaba en pareja con uno de los pesos fuertes del partido en La Plata, fue secuestrada y torturada. No volvió a ser la misma. Y Néstor, también afiliado al comunismo, pasó años de su vida moviéndose de ciudad en ciudad, como un fugitivo. Acabó en Mendoza. Y hacia allí, al final, regresaron sus padres. Sumado a la frustración de su primogénito, que había roto sus expectativas de legado familiar, sus otros dos hijos por poco lo infartan. 

Cansado de los vaivenes del sheik, Abdul Rahman también decidió regresar a la Argentina. Era el año 1985. El doctor Umar le regaló tickets áreos para visitar a su familia –ida y vuelta, pero al ver a los Colombo no quiso dejar la Argentina-. Encontró a su familia, golpeada por la historia. Se alojó en casa de sus padres. La convivencia de un musulmán en un entorno de vino y jamón, fue dura.

-Prefiero comer en la cocina –decía Abdul Rahman cada vez que su padre descorchaba un vino en la mesa.

Para Abdul Rahman, eran convicciones, parte de su fe. Para su familia, era rigidez. Al final, llegaron a una convivencia en paz: ni su padre le insistía para que probara vino –“una gotita dale, ¿qué te hace?”- ni su hijo hacía rancho aparte cada vez que veía algo haram en la mesa. Ganó la tolerancia. Y logró, que su madre y su hermana abrazaran el islam.

“De sus viajes, decía que todos los varones en Pakistán iban armados. Después en india, vivió con los hippies. Cuando no tenían qué comer, se ponía a meditar en una plaza y la gente le traía comida. En Arabia Saudita, lo persiguieron por sufí hasta que tuvo que irse. Siempre estaba alegre. Era un gusto salir con él. Sabía inglés, francés, italiano, árabe. Por eso, cuando mi sheik nos encargó traducir el ‘Sahih Muslim’ al español pensé en él. Después de la traducción, trabajó en mi estudio contable durante tres años como ayudante administrativo. Nos hicimos amigos. Discutíamos por razones políticas. Pero yo lo provocaba nada más que para hacerlo enojar. Le decía: ‘A los pobres hay que matarlos a todos’. Y se lo tomaba muy mal. ‘Eso no tenés que decirlo’. Y yo le respondía: ‘Vos también sos pobres y hay que matarte a vos’. Me mataba de risa. La primera vez que vino a casa, se puso a mirar mi biblioteca. Me dijo: ‘Este libro tenés que tirarlo. Este también’. Le dije: ‘Disculpame, pero acá en la biblioteca mando yo’. Y no volvió a comentar nada más. Era muy apaciguador y mediador. Nunca lo ví amargado. Siempre con una sonrisa. Era un encanto salir con él a tomar un café. Era muy culto. Su salud era complicada. Una vez, tuvo una crisis por una dolencia y lo tuve que traer a casa una semana. Apenas podía caminar. Luego, tuvo un infarto en la casa. Y le hicieron un by pass. Cuando salió de la operación, dijo: ‘Tengo tanto amor en el corazón que me dio un infarto’. Un ser hermoso”. (Sheik Abdul Qadir Ocampo, representante Orden Sufi Yerrahi en Argentina)

Por entonces, a Abdur Rahman lo invitaron a estudiar idioma y Corán en la sagrada ciudad de Medina, en Arabia Saudita. Se suponía que estaría varios años hasta completar el curso. Pero se reunía secretamente con sufís, algo prohibido en el reino –se encontraban a la salida de la mezquita, un auto los recogía y de allí a la reunión en las afueras de la ciudad-. El amor podía más que toda regla. Allí seguía a un sheik llamado Abuna Sheij Bujari, descendiente del Profeta Muhammad, paz y bendiciones. Era muy anciano, vivía en una casa humilde, y bebía leche de sus cabras. Con sólo verlo y sin entender una sola palabra, era conmovedor. 

Al poco tiempo, la policía religiosa lo citó a Abdur Rahman de urgencia. Bah, diplomáticamente lo detuvieron. 

-Tenemos dos opciones, señor Colombo –le explicaron-. O usted abandona el reino e interrumpe sus estudios, y no quedará registro de sus infracciones en el pasaporte. O usted persiste y se arriesga a que lo atrapemos en una actividad prohibida. Si esto ocurre –el saudí puso cara dramática-, no vuelve a entrar aquí nunca más. Abdul Rahman se inclinó por la opción uno. Y voló nuevamente a la Argentina. 

Poco antes de dejar Medina, visitó por última vez a Abuna Sheij Bujari. Colombo estaba compungido. Pero el sheik le dijo: 

-Ni cerca ni lejos. Ni vivo ni muerto. Vaya tranquilo. En los asuntos del espíritu, no hay tiempo ni espacio.

Y no dijo más nada.

En los ‘90, conoció a un representante de los sufís yerrahis de paso por Argentina. Y luego a uno de sus sheiks. Enamorado del nuevo maestro, se inició en la yerrahia. Decidió probar suerte en un trabajo en Chile, donde habría estado a cargo de una mezquita. 

En ese tiempo, a su padre le detectaron cáncer. Le sacaron un pulmón. Y a los meses, se le infectó el otro. En menos de un año, murió. 

El sheik Abdul Qadir Ocampo, representante de los yerrahis en la Argentina, le propuso traducir al español el “Sahih Muslim”, una de las dos compilaciones de dichos del Profeta más reconocidos a nivel mundial. Colombo se mudó a la dergah y desde allí, durante más de dos años se embarcó en la traducción de seis tomos: una odisea intelectual histórica. El gran aporte de Abdur Rahman al islam, en tiempos donde había escaso material en español. Colombo partía a diario al café y si había un dicho profético que no acababa de comprender, allí, revolviendo el pocillo, todo se destrababa. 

Con el tiempo, se transformó en un referente del sufismo y el islam en habla hispana. Hizo programas de radio de difusión al islam. Y Cuando el Centro Islámico de Argentina, lanzó un programa televisivo –El Cálamo- lo convocó para hacer, en cada entrega, una reflexión sobre espiritualidad. Colombo reunía muchos talentos: calmo, sonriente, sabio, didáctico. Sus columnas siguen hoy pulsando cual guitarra las fibras del corazón. “Él se lo tomaba muy en serio. Se pasaba días haciendo notas sobre la columna que iba a hacer. Y reunía material que juzgaba iba a ayudarlo. Una vez que tenía todo eso, grababa la columna. Siguió haciéndola el último tiempo en España”, dice Rahima su esposa.

Y en el 2012, mientras otros aguardan vivir el resto de sus días sin grandes novedades, Abdur Rahman asumió la última aventura de su vida: casarse. Se casó con Rahima González Palomares, médica, a quien conocía de hacía más de 30 años. Durante un tiempo mantuvieron la pareja, océano mediante, ella en Granada, él en Buenos Aires. Pero en tiempos de pandemia, quedó en España sin vuelta atrás. 

Sus últimos años, Abdur Rahman los vivió haciendo vida doméstica de hombre de familia. Era meticuloso: se lavaba y planchaba su ropa. Ayudaba con las compras. Y escapaba a beber café a la tienda de un amigo derviche llamado Abdul Fatah, su compañero de la vida. Aún con diabetes comía chocolate –un poco, a escondidas y sin azúcar-. Y llegadas las 14hs llamaba a diario, religiosamente, a su madre por Zoom. Era tan sensible, que se controlaba para no llorar. Y si alguien le ensalzaba su memoria, decía: “Sí, pero no sirve de nada”. Le gustaba la pasta, el arroz con leche y la comida italiana. Pero con lo que le pusieran en el plato, era agradecido. Siempre llevaba camisa con gafas y bolígrafo en el bolsillo. Era alérgico al pólen, al olivo y a los gatos. Una vez, en Chile lo invitaron a un lugar y cuando quiso darse cuenta, estaba desbordado de gatos. Tuvo que salir corriendo. 

Junto a su amada esposa Rahima

“En Granada, Abdur Rahman fue un pilar fuerte porque convenció a la mayoría de los conversos que se hicieron musulmanes. Muchísima gente. Él estaba todo dedicado al dawa. Después de la mala experiencia que tuvo con la mujer en Marruecos, le tenido miedo al compromiso. Pero la final, gracias al apoyo de un amigo en común, nos casamos en 2012. Nos vestimos con yilabas. Me regaló una sortija. Viajamos por Turquía, Marruecos, Italia. Aún no se había jubilado. Era más nocturno que yo. Pero dormía muy poco. Y le gustaba salir siempre a tomar un café. Él repetía: ‘Tú tienes tus hijos. Yo tengo mis hijos espirituales en la Argentina: mis derviches’. Tenía una salud delicada. Era diabético. Había tenido un infarto. Le pusieron dos stends. Tenía anemia. Y artritis rematoidea. Su actitud ante la vida, sin embargo, era de un humor asombroso”. (Rahima González Palomares, esposa).  

Estambul, febrero 2013

Era amante del cine y podía recordar actores y directores de películas que había visto hacía 40 años. Los últimos tiempos estaba ocupado en pulir a fondo su sinceridad. Decía: “Ser realmente sincero en cada acción sea par a Dios es difícil. Es como buscar la hormiga negra en la piedra negra y en la noche sin luna. Siempre hay que hacer ajustes”. Afinaba su intención para que realmente fuera sincera y en sincronía con lo que quisiera hacer. Su esposa le compraba ropa –camperas y camisas Columbia- y lo integraba a las reuniones familiares con hijos y nietos. Abdur Rahman reía y contaba. Contaba y reía. Sus aventuras eran más dulces que cualquier postre. La vez que lo picó un escorpión en Arabia Saudita. La vez que un ladrón le apuñaló el pecho en Marruecos. La vez que figuró por error en la lista de desaparecidos. Parecía Sandokan en el retiro. 

Para él, vivir en Granada, atiborrada ahora de musulmanes, era una satisfacción. Cuando llegó, 40 años atrás, la comunidad entraba en dos taxis, ahora tenía mezquitas imponentes, grupos diversos y su propio cementerio.

“Siempre fue un hombre cordial y siempre tenía una actitud positiva inquebrantable. El último tiempo, estuvimos muy en contacto. Cuando estaba en España casi todos los días nos veíamos por Zoom. Y charlábamos de cuestiones variadas. Tenía una charla hermosa. Yo le daba plata para que llevara flores a la tumba de un hermano antiguo muy querido, enterrado en Granada, Omar Joray, que estaba allá. ‘Es hermoso el cementerio, tiene una vista panorámica increíble de la ciudad’, me decía Abdul Rahman. ‘Me gustaría que me entierren ahí’. Y, al final, su deseo se cumplió”. (Yahia Belda, sufí yerrahi y amigo).

Los nuevos musulmanes lo seguían a todas partes. Era, sin decirlo, un maestro. Un ejemplo de musulmán, una dulzura de derviche, una montaña de fe. Podía venirse abajo el mundo, y no perdía jamás la sonrisa. 

Se internó por un malestar en septiembre del 2020. Y 40 días más tarde, dio un paso al costado y escaló cielo arriba. La enfermera que le tomó el pulso dijo que, cuando murió, se lo veía en paz. En su memoria, amigos arrojaron comida a las palomas en la sagrada ciudad de Medina. Lo enterraron en el cementerio islámico de Granada, a metros de tantos hermanos. Junto a él, bajo tierra colocaron el ihram: sus dos prendas blancas de peregrino. Testigos de que la vida es viaje y todos nosotros, viajeros. Aunque pocos sean los que arriban a destino. Y menos aún, los privilegiados que, como Abdur Rahman, lo hagan con una sonrisa en los labios. 



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